Fajas, para qué os quiero

El otro día terminé en la parte alta de Harlem. Había decidido revisitar los Cloisters y aunque, por razones que no vienen al caso, terminé llegando a la hora del cierre, con el consiguiente placer de esquivar a las hordas de turistas que salían, pude aprovechar el paseo. Fort Tyron Park, el parque donde se encuentra el museo, es tan bonito como dicen, aunque pronto decidí huir porque los mosquitos decidieron acribillarme.

Fort Tyron Park
Fort Tyron Park

Pero no voy a hablar del parque, ni de los mosquitos, sino de otro hallazgo que tuvo lugar, un poco más tarde, mientras esperaba el autobús.

He ido unas cuantas veces a Harlem, y no tengo problema en admitir que me siento incómoda. No es inseguridad, nunca he sentido miedo a me pase algo. Es la sensación de que, en cualquier momento, alguien se girará y me gritará: “Eh, tú, ¿Qué haces aquí? ¡Vuelve a tu sitio!” a lo que yo agacharé la cabeza y me iré, con el rabo entre las piernas. No me ha ocurrido nunca, la verdad es que nadie parece prestarme atención, pero en mi interior hay una vocecilla que me dice que, tarde o temprano, ocurrirá. Me sucedió hace un par de días, cuando de camino a Williamsburg me topé con el barrio judío ortodoxo. “Isabel ¡No había mejor día para llevar escote!” pensaba, mientras trataba de tapármelo con el pelo. Después empecé a fijarme en las mujeres, en sus cabellos recogidos en moños cubiertos por pañuelos, y decidí que era mejor dejar mis largos rizos tranquilos. Pero esa es otra historia.

Esperando el autobús, el transporte top de NYC por excelencia – sustitúyase la palabra top por cutre, sucio, tercermundista y otros adjetivos similares – mi mirada se había encontrado con algo inesperado. Justo a mis espaldas, estaba EL comercio definitivo.

Harlem
Harlem

¡Qué lejos quedaba la Quinta Avenida! ¡A cuántos kilómetros estaba Bloomingdale´s, Tiffany! Allí estaba, hecho tienda, el puesto del rastro que nunca falta. En el Victoria´s Secret del Norte de Manhattan no había modelos con cuerpos esculturales, sino mujeres hermosas dispuestas a ceñirse un mono color carne para tratar de ser todavía más hermosas. Lo contemplé durante espacio de 5, 10 minutos, extasiada. Ningún escaparate ha acaparado tanto mi atención en esta ciudad. ¿Y si entro? Pensaba. ¿Y si me pruebo algo?

Por supuesto, no tuve valor. Llegó el autobús y tuve que dejar fajas Salomé atrás. Cuando se perdió de vista tras la ventanilla, otro comercio apareció ante mis ojos. Medio Loco, se llamaba. Así, exactamente, me había quedado yo.

Harlem
Harlem
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