Una de chinos

El chino de debajo de mi casa es, como todos los bazares chinos, una tienda inmensa que desafía a la lógica. Con dos entradas, a las que se accede por calles diferentes, y pasillos laberínticos, la custodian dos guardianes entre aburridos y vigilantes. Lo normal, vamos.

La china de una de las entradas apenas me dirige una mirada distraída cuando entro en la tienda. Acostumbra a gritar de forma desaforada a la china becaria, una mujer delgada y nerviosa que se pasea sin descanso por los pasillos. La china becaria emite una risita aguda cuando confunde las palabras y te guía hasta el producto equivocado, cosa que suele suceder a menudo.

Pero mi favorito es el otro guardián del bazar. El chino que protege la entrada que da a mi calle es un hombre de edad indeterminada y gesto serio. Se dedica a susurrar el precio de los productos, de modo que no tienes más remedio que darle el dinero que lleves y esperar el cambio. Después, responde invariablemente con silencio a tus buenas tardes, muchas gracias o hasta luego.

El chino guardián y yo teníamos un desafío, aunque él no lo sabía, que tendría como ganador al primero que cediera de los dos: o yo dejaba de dirigirle la palabra, o él terminaba respondiendo a mis saludos. Mientras que lo intentaba, una y otra vez, sin éxito, me preguntaba a qué podía deberse su actitud. ¿Estaría deprimido? ¿Sería un tema de costumbres chinas? ¿O estaríamos ante un dependiente tímido hasta lo patológico?

Tengo que confesar algo. Hace unos meses, gané yo. El chino guardián ya no sólo me saluda, sino que incluso insinúa una sonrisa cuando me ve, lo que me hace sentir como si hiciese la buena acción del día. Hoy, esperando a pagar, y cuando ya preparaba mi mejor sonrisa, he visto como la señora que encabezaba la fila le ponía los productos delante, sin mirarlo, dejando las monedas sobre el mostrador de mala manera. Cuando se ha ido, mirando su teléfono móvil, un chico joven se ha plantado delante del chino guardián y ha gritado.

– Cuchillas. ¡ Cu – chi – llas!

El guardián ha hecho un gesto con la cabeza indicando un pasillo, y ahí que se ha ido el chico sin más dilación.

Finalmente ha llegado mi turno. Durante unos instantes, el chino guardián me ha mirado como solía hacerlo en el pasado, hasta que ha parecido reconocerme y ha cambiado su expresión. En esos segundos lo he visto claro: ni timidez, ni traumas, ni tradiciones. Lo que estaba era, simple y llanamente, harto de todos nosotros.

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