Marcharse es la única manera de volver

Una noche te acuestas con la maleta abierta en el suelo del dormitorio, sabiendo que es la última vez en mucho tiempo que duermes en tu cama. Hay algo que reside en esa escena – la cama, la luz de la mesilla, la maleta abierta parcialmente en penumbra, los objetos alrededor de ésta que esperan a que los lleves contigo – que resulta difícil de explicar. Es una sensación de vértigo por lo que está por venir. Es un decirse a uno mismo, mil y una veces, “¡Quién me mandaría a mí!” mientras extrañas ya la habitación de la que todavía no te has marchado. Es un sentimiento profundo de soledad, como si todo el mundo hubiera decidido abandonarte, cuando realmente eres tú el que te marchas.

A estas alturas no hay manera de resolver el enredo. La suerte está echada: los billetes y el pasaporte están guardados en el bolso y ya están hechos todos los trámites. Sabías que ese momento llegaría, tarde o temprano, y al final está aquí.

A partir de ahora, de este mismo instante, todo será más sencillo. Afortunadamente, ya no puedes echarte atrás.

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