La mujer del sótano

Las duchas de la piscina están en el sótano. Por una escalera estrecha se accede a un espacio que parece salido de una película de zombies, con bancos oxidados apoyados contra la pared, estrechas claraboyas por las que apenas se cuela algo de luz y paredes de azulejos blancos hasta el techo. Allí nos encontramos todas en el momento de la ducha, en un espacio que intentamos que sea sólo de paso.

Todavía estoy sacando las cosas de la taquilla cuando escucho su voz que, proveniente del piso de abajo, se desliza por el hueco de la escalera y resuena en el vestuario. Respiro hondo y, con decisión, cierro la taquilla y me dispongo a bajar.

– Yo tomo un jarabe que te lo quita tó. El reuma, el dolor de brazos, el dolor de espalda, tó.

-¿Y dónde se puede encontrar esa maravilla?

– Uy chica, eso no se vende. Los médicos no quieren, se les acaba el negocio. Yo si quieres te lo compro, porque tú no lo vas a encontrar.

Se sienta despatarrada en el banco del vestuario. Como una matriarca tribal en braga y sujetador. Una señora que nos va preguntando a todas cómo estamos, si hemos pasado buen fin de semana, qué tal está la familia. Así sigue todo el tiempo que dura mi ducha, sin cejar en su empeño de entablar conversación, aunque lo máximo que obtiene es alguna respuesta automática y educada.

La mujer del sótano tiene la piel arrugada y tostada por el sol. Con decisión se erige en la protectora de todas, sabiendo que nadie le disputará el cargo. Así nos repite, un día sí y otro también, que si se nos olvida algo ella se lo llevará a casa, lo lavará y nos lo traerá limpio y planchado.

– Qué maja es usted, – le responde una bañista anónima sin mucho convencimiento.

– Nada mujer, si no me cuesta nada. Lo meto con mis bragas en la lavadora y ya está.

Habla hasta que no tiene nada más que decir, y después se levanta con dificultad. Nos explica que se tiene que dar prisa, que su hijo va a venir a buscarla. Lo dice con tono despectivo. Hombres, quién los necesita, parece decir el gesto de su cabeza, que hace temblar su melena rubia.

Y así se marcha, enfundada en un chándal rosa cual mujer cualquiera. La matriarca de las profundidades reconvertida en señora de andar por casa.

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