Un paseo por la Quinta Avenida

Cuando mis padres vinieron a visitarme a Nueva York, preparé un programa digno de la mejor guía turística. En él estaban representados, en un equilibrio casi perfecto, los must de la ciudad junto a otros lugares no tan conocidos que conformaban mi NYC particular. La lista era tan larga y el tiempo tan limitado, que fue todo un reto.

Era la primera noche del viaje cuando, contentos pero cansados, volvíamos paseando al apartamento. Habíamos dado un pequeño rodeo para regresar por la Quinta Avenida. Era el único momento del día en el que me gustaba pasear por ahí, cuando las hordas de turistas ya habían desaparecido, el tráfico se había visto reducido a su mínima expresión y el espectáculo de luces provenientes de las tiendas de lujo lucía en todo su esplendor. Así, nos detuvimos en el gigantesco escaparate de Gucci, situado en los bajos de la Trump Tower. Dos maniquíes se erguían, solitarios, en el centro de un local enorme. Habíamos hablado sobre ello durante unos minutos: de lo suntuoso del lugar, del concepto del lujo y de cómo la ropa cobraba otra dimensión, convirtiéndose en arte. También hicimos otros comentarios más mundanos, como a cuánto tenías que vender cada prenda para que un local de esas características te saliera rentable o con qué productos había que limpiar para que todo luciera tan brillante.

En esas estábamos, extasiados, cuando un elemento atrajo nuestra atención. Desde el fondo de la tienda, en dirección al escaparate, algo se aproximaba. Lento pero implacable. Destacando sobre el suelo de mármol blanco, e iluminada bajo los focos, una cucaracha había llegado hasta el cristal. Allí se había detenido, a apenas un metro de nosotros, dejándonos que la contempláramos en silencio. Unos segundos después se había dado la vuelta, regresando al lugar del que había salido.

Probablemente, ésta sea una estupenda metáfora de la vida. Para mí, ilustra, sobre todo, una cosa: Nueva York, bajo las luces, está atestada de cucarachas.

En la foto, yo fingiendo que no he visto nada.

La ilusión de los objetos comunes

Una mañana al final de las navidades, en uno de esos días en los que no eres capaz de recordar qué día de la semana es o por qué sigues de vacaciones, me encontraba fregando los platos en la cocina de mi hermana.

Lo hacía pensando en todo y en nada. En la vuelta al trabajo. En los amigos que todavía nos quedaban por ver. En las cosas que tendría que hacer en casa a mi regreso, después de más de dos semanas yendo de un sitio para otro. El agua se había calentado demasiado, y había cerrado el grifo antes de escaldarme. Había sacudido el plato que tenía entre las manos y había observado cómo caían las gotas en el fregadero. Devolví el estropajo a su lugar y, para terminar, me giré para dejarlo en el escurreplatos.

Por primera vez me di cuenta de que había visto ese escurreplatos antes. En otro lugar, yo ya había utilizado esas dos rejillas metálicas. El escurreplatos de la cocina de mi hermana era el mismo que había en mi apartamento de Nueva York: doble, con finas patas y de más de dos palmos de largo. Un objeto de Ikea.

La idea me hizo sonreír. Recordé aquellas mañanas en las que fregaba los cacharros del desayuno, con el ruido de la obra de la línea Q bajo la ventana. Protegida del calor en esa pequeña habitación de suelos inclinados y techos desconchados desde la que podía otear el Upper East con sólo asomarme a la ventana. Un momento después, la idea se volvió inquietante. Pensé en todas las veces que me había sentado en el mismo sofá en distintas casas. Que había abierto el cajón de la cómoda blanca, unas veces lleno de juguetes. Otras, de ropa interior. Cuántas veces el enorme lienzo con el rostro de Audrey me había saludado al entrar en una casa ajena, o me había topado con esa planta de plástico dentro de un cubremacetas metálico. Pensé en los cojines, las mesitas bajas, los felpudos, las tablas de cortar. En las lámparas, las sartenes, los juegos de cama y las estanterías. Recorrí mentalmente todas esas casas iguales que jugaban a componer microcosmos diferentes con los mismos objetos. O, tal vez, ni siquiera lo intentaban, contentos con formar parte del libro más vendido del mundo.

Emily

Me encuentro con ella en la cocina casi por casualidad. Es difícil verla: pasa los días encerrada en su cuarto, sentada en la cama con el ordenador sobre las rodillas. Lo sé porque la veo a través de los cristales de las puertas de su dormitorio, que apenas quedan cubiertos por unos cortinajes amarillos.

Delante del microondas, vierte en un plato el contenido de una bolsa de plástico. Los armarios de la cocina, la nevera, el frigorífico, rebosan de comida “de verdad” pero sólo la veo consumir alimentos procesados. Muchas noches, lo único que delata su presencia es el pitido del portero automático cuando le traen la cena a domicilio. No me sorprende. Me he acostumbrado ya a los americanos, a entenderlos como una caricatura del resto de ciudadanos occidentales.

Emily se muda a Nueva York, de vuelta a casa de sus padres. Terminó su postgrado hace unos meses, uno de esos títulos que no sabes a qué equivalen y con el que se lucran las universidades de aquí. Desde entonces se ha dedicado a permanecer en su habitación sin hacer en apariencia mucho más. Le pregunto qué va a hacer. Estoy echando currículums como una loca, responde. Al parecer, planea trabajar en Nueva York unos meses  y después marcharse a Nepal con una ONG. Emily está enamorada de Nepal, pasó allí un tiempo y dice que le cambió la vida. La casa está llena de mandalas, cuencos tibetanos y cuadros con la cordillera del Himalaya, algunos todavía sin desembalar. Pero antes de irse, me explica, tiene que asegurarse de que está sana. Sana y fuerte.

Miro a la chica desgarbada que abandona la cocina con un plato de arroz con setas precocinado, de vuelta a su cama.

Buena suerte.

Nieve en NYC

El sábado llegó el invierno a Nueva York. Por la pantalla del ordenador veo cómo cae la nieve, cómo se va acumulando en el alféizar de la ventana, sobre la escalera de incendios en la que desayunaba con pantalones cortos y sandalias, mientras observaba la vida en el barrio.

Veo al encargado del bloque de enfrente limpiar la calle, una y otra vez, aunque siguen cayendo copos, cada vez con más fuerza. No puedo evitar recordar a los porteros de librea de la 5ª y de Park Avenue, y pienso en los ingentes esfuerzos que estarán haciendo luchando contra la nieve, tratando de limpiar su parcela de acera entoldada, para tener a sus exigentes vecinos contentos.

Me llegan fotos de coches sepultados por la nieve. De personas luchando contra la ventisca en calles en las que está prohibido conducir, en las que han dejado de circular los autobuses. Me río con suficiencia europea, pensando en lo absurdo que es que todo se paralice cuando nieva todos los inviernos. Sonrío, pero pienso en el caos de la ciudad cada vez que llueve y ya no me parece tan descabellado.

Veo Central Park y ya no hay ardillas, luciérnagas ni mapaches. Ya no hay personas sentadas en cualquier palmo de césped, cada una protagonizando una escena diferente. Ahora el parque se ha convertido en un bosque nevado, donde la gente improvisa trineos y todos juegan a ser niños. Es una ciudad diferente y pienso si sería capaz de reconocerla. Si volvería a encontrar los senderos sin problemas, si podría pasear por ella con esa sensación de familiaridad que resulta tan agradable o si, por el contrario, me sentiría una extraña de nuevo.

Alguien ha improvisado una colección de muñecos de nieve sobre un banco, y pienso que sí. Que, probablemente, seguiría sintiéndome en casa.

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Deliciashenge

Cuando apenas llevaba un par de semanas en Nueva York, un día en el que caminábamos por la Quinta Avenida, observé sorprendida cómo todo el mundo se detenía en medio de un paso de peatones. A los turistas no parecía importarles que los semáforos cambiasen de color, ni que los coches tratasen de arrancar, esquivándolos sin ningún cuidado. Se trataba del famoso Manhattanhenge, un fenómeno que, pese a ser espectacular, no dejaba de resultar increíble que pudiese colapsar una ciudad.

Acababa de empezar mi segunda visita cuando, de nuevo caminando por la Quinta, y al girar hacia la calle 57 en dirección Este – sí, en la famosa esquina de Tiffany & Co – nos topamos con la Superluna de finales de julio. En esta ocasión no había turistas tendidos en mitad de la calzada deteniendo el tráfico, ni el sonido de cientos de cámaras de móvil disparándose al mismo tiempo. Por el contrario, la calle estaba inusitadamente tranquila pese a lo temprano de la hora y había en ello algo mágico.

Ahora, preparando clases, caminando de mi casa al trabajo y comprando en el supermercado de la calle de al lado, actividades sin glamour ni emoción alguna me ponga como me ponga, no puedo dejar de pensar que aquí también se vio la Superluna. O que, con toda seguridad, habrá un día al año en el que el sol al atardecer se alinee de forma perfecta con los arcos de la Estación de Delicias, con la única diferencia de que aquí nadie se ha preocupado de ponerle un nombre bonito ni de escribir nada al respecto.

Sólo digo que, tal vez, no es que aquí haya menos cosas que contar, sino que la costumbre convierte lo hermoso en rutinario y, por el contrario, en Nueva York todo parece magia. Eso, y que deberíamos ir escribiendo la entrada de Deliciashenge en la Wikipedia.

57st Manhattan
57st Manhattan

Las últimas veces

De manera inevitable el tiempo se agota y toca hacer las maletas. Cuando la visita ha sido breve, la sensación de descubrimiento no desaparece en ningún instante. Siempre quedan ganas de más, anhelo por lo que todavía no se ha visto o por lo que se intuye que estaba allí, pero no hubo oportunidad de conocer.

Si ha transcurrido el tiempo suficiente, los últimos días pasan a ser las últimas veces. Está la última vez que haces la compra en el supermercado habitual. La última vez que recorres el barrio, caminando hasta la boca del metro. Casi a modo de peregrinación visitas por última vez ese lugar que tanto te gusta, tratando de no olvidar ningún detalle. En esas últimas veces todo cobra sentido y las actividades más cotidianas adquieren tintes que no habían tenido antes, un halo de magia. Ahí es cuando, antes de hora, sientes nostalgia del paisaje que está a punto de cambiar. El momento en que empiezas a echarlo de menos.

Central Park
Central Park

Running West

Levántate pronto el fin de semana. Cruza las calles todavía tranquilas del Upper East Side en dirección al Metropolitan. Allí empiezan a montar los primeros puestos de postales, comienzan a colgar sus lienzos pintores anónimos. Los food trucks todavía no se han puesto en marcha y el aire, por una vez, no huele a comida.

Intérnate en Central Park. Cruza el drive, que a esas horas ya está lleno de corredores y ciclistas. Bordea el Great Lawn, con sus pistas de baseball desiertas donde algún madrugador ya lee el periódico, sentado en el césped. Avanza con cuidado: a esa hora los perros pueden ir sueltos y alguno se cuela entre tus piernas.

Central Park
Central Park

Llega hasta el West dejando a tu izquierda el Museo de Historia Natural, con su escalinata blanca y el parque que lo bordea, con su mercadillo de frutas y verduras. Este fin de semana Amsterdam Avenue es peatonal y la policía ya está bloqueando los accesos. Sumérgete en las calles del Upper West Side que llevan hasta el río, entre sus casas de escalones empinados y gruesos muros de piedra. Esas calles en las que nunca parece ocurrir nada, pero donde siempre tienes la sensación de no pasar el tiempo suficiente.

Upper West Side
Upper West Side

Alcanza el parque y recorre sus caminos hasta encontrar, casi al azar, el puente que te permite cruzar por debajo del Hudson Parkway. Los restaurantes están vacíos y las terrazas todavía sin montar. El río aparece de repente y sientes que has completado una etapa.

El Hudson apenas se mueve, majestuoso. Lo tienes a tu derecha, y a la izquierda el paisaje se va transformando. Entretente con las estructuras metálicas del Parkway, una construcción gigante que el óxido se ha ido comiendo. Más adelante dejas a la izquierda la zona de Hell´s Kitchen, con sus edificios bajos que ya no dan sombra. En Chelsea aparecen las grúas, como si el barrio entero estuviera en construcción, y cuando divisas por primera vez High Line y el Whitney, sabes que ya ha pasado lo peor.

Chelsea
Chelsea

Mientras tanto, los muelles han ido pasando. En algunos hay atracados grandes cruceros, y cientos de pasajeros cruzan por delante de ti cargados con inmensos maletones, dispuestos a conquistar la ciudad. Otros parecen abandonados, y las vallas metálicas te impiden acercarte, aunque hace mucho que fueron desvalijados.

Por fin divisas el One World al fondo: es la señal que indica que estás llegando al final. El Downtown te hace sentir diminuto y parece dispuesto a engullirte, pero el sol reluce en cada uno de los cristales de sus rascacielos, tranquilizándote. Los mendigos, la suciedad, quedaron atrás, y cuando enfilas Rockefeller Park estás en una ciudad distinta. Hasta el río ha cambiado y te parece más limpio, más azul.

Hudson River. Battery Park
Hudson River. Battery Park

Al final, bordeas Battery Park, esquivando a los turistas que buscan un ferry que les lleve a la Estatua de la Libertad, y te detienes en la estación de metro de Bowling Green. Suficiente. Hora de volver a casa.

Running West
Running West