El arte de desaparecer

Vuelvo a caminar por las calles que ya recorrí, y parece que nada ha cambiado en estas semanas. Lo extraordinario se vuelve cotidiano en tan sólo un par de paseos, y aunque probablemente sea mejor así, ya que lidiar con la sorpresa constante sería demasiado agotador, no deja de resultar decepcionante.

Camino y pienso en todos los sitios a los que quería regresar, mientras descubro lugares nuevos en esquinas que creía conocer. En ningún otro lugar se da así el arte de desaparecer, aquel en el que los lugares se extinguen, como si en vez de por una cuadrícula numerada nos moviésemos en un hutong o en una favela. Tratas de recordar todos esos lugares – ese piano bar donde suena la música, el diner anticuado de una esquina, la pastelería tan mona que estaba al lado de una juguetería – pero cuando tratas de volver, localizarlos termina siendo una tarea inútil. A todos esos sitios hay que añadir aquellos a los que dedicas unos segundos, pero que después desaparecen en la bruma de la memoria, de los pasos y de nuevas sorpresas.

Las calles de Nueva York son viejas conocidas que se tornan nuevas a cada momento. Se esconden, cambian y, al final, nada permanece.

Lexington Av
Lexington Av
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NYC según el señor Ibrahim

El viernes es el día de recogida de basuras en mi barrio. Sí, los camiones de basura pasan sólo un día a la semana. Mientras tanto, los desperdicios de los neoyorquinos se depositan en los contenedores de las puertas de las casas, relativamente pequeños para todos los que viven aquí. Dónde esconden la basura hasta el viernes, prefiero no saberlo.

El día indicado las calles despiertan llenas de bolsas. Los plásticos asoman entre más plástico, los muebles se suceden en lo que parece un muestrario de Ikea y los cartones se disponen en filas cuidadosamente ordenadas.

Upper West Side
Upper West Side
Yorkville
Yorkville

Cuando los veo, recuerdo con nostalgia al pirómano de mi ciudad. Ése que, de vez en cuando, incendia un contenedor a media noche. Pienso que en ningún sitio sería tan feliz como aquí.

Las 10 cosas que aprendí de los neoyorquinos viviendo en Yorkville

1. ¡Estoy solo en el mundo!

En una ciudad de más de 8 millones de habitantes, de los cuáles más de 1 y medio están en Manhattan – y la isla no es tan grande, os lo prometo – estar solo es una utopía. Pero los neoyorquinos lo intentan. Para ello son capaces de caminar con los dos cascos puestos, sin levantar la mirada de la pantalla del móvil o lanzarse hasta el final del andén en busca del vagón más vacío de tren, para expandirse como si no hubiese problemas de espacio. La ilusión es lo último que se pierde.

2. Cuanto más grande, mejor.

Los coches pequeños son de losers. Cuanto más grande sea, cuanto más espacio ocupe, más les gusta. Da igual que consuma mucho – la gasolina es muy barata, ¡viva el cambio climático! – o que no puedas aparcarlo en ningún sitio. Eso se aplica también a los anticuados autobuses escolares, a los coches de bomberos y a las ambulancias. Por qué ocupar sólo un carril cuando puedes ocupar uno y medio.

3. ¿Por qué hacerlo tú cuando puedes pagar a otro para que lo haga?

Aquí no ha triunfado el movimiento DIY o, si lo ha hecho, es con un fin puramente lúdico. El ejemplo más claro son los cleaners. Los pisos no suelen tener lavadora, pero lo de ir a la laundry está anticuado. Cada dos pasos tienes un negocio de cleaners, donde lavan y pliegan tu ropa por un módico precio. ¿Quién quiere lavadora?

4. Miedo, miedo everywhere (todos los peligros nos acechan)

Ya lo conté en este otro post. El factor miedo está siempre presente, ya sea en forma de amenaza a la seguridad nacional, de insecto que puede picarte y contagiarte una terrible enfermedad o de un sospechoso en el metro dispuesto a lanzarse sobre ti. A mí lo que más inseguridad me produce son esos policías neoyorquinos gordos con la pistola en el cinto: estoy segura de que prefieren sacar el arma a correr detrás de un sospechoso.

5. Manos, ¿Para qué os quiero?

Tener ambas manos ocupadas cuando ando por la calle me produce cierto angustia. Tal vez se deba a mi torpeza, ya que me veo tropezando y dejándome los dientes sobre la acera. Por esa razón me agobia ver a los neoyorquinos con las dos manos ocupadas, en el que es su estado habitual: en un mano el teléfono móvil – un día regalaron iPhone 6, o no me lo explico – y en la otra, la bebida. Da igual la hora del día, aquí caminar sin un vaso con pajita es impensable. Y eso me lleva al siguiente punto:

6. Healthy power vs. extra de grasa: elige tu bando.

Aquí no hay término medio. Las tiendas de productos energéticos proliferan en mi barrio casi tanto como las hamburgueserías. Los estantes de productos organic se codean con las montañas de galletas, azúcares y comida procesada. Aquí puedes ser el más sano o el más cerdo, pero el término medio… ¡Ay, el término medio! Eso sí, nota salubrista: si quieres comer sano, tienes que pagarlo.

7. Si eres taxista, las señales de tráfico son orientativas.

Da igual que indiquen que no puedes girar o que está en rojo. Si eres taxista puedes hacer lo que quieras en esta ciudad. Y, además, pitando sin parar, aunque no exista motivo para ello. Y hay otra excepción: los ciclistas. Los pocos valientes que se aventuran en bici lo hacen a pecho descubierto: sin respetar las normas – he visto a ciclistas en dirección contraria por la 2ª – y pedaleando sin luces en plena oscuridad. Muy peligroso.

8. Like it? Pay it!

La primera vez que fui a Central Park me llamaron la atención unos carteles con el siguiente mensaje: “¿Estás disfrutando de esta experiencia? ¡Colabora!”. Aquí todo es posible gracias a la financiación particular. La gente paga y dedica los bancos de los parques – “Para nuestra querida madre a la que nunca olvidaremos”, “Para nuestro amado hijo” – los museos reclutan constantemente socios, hay una asociación por cada actividad y hasta los conciertos de verano los ha financiado algún rico que, afortunadamente, tuvo la feliz idea de que todos disfrutásemos de la filarmónica de NYC. En general, es casi imposible encontrar un espacio no patrocinado.

9. El novio de la muerte.

Se podría hacer una ruta por Manhattan que recorriera la ciudad de memorial en memorial, y no nos dejaríamos nada sin ver. Da igual que estés en un parque, una plaza, la esquina de un edificio o en un parque de atracciones. En cualquier punto puedes encontrar una escultura que recuerda a los desaparecidos en combate, una placa con los nombres de las víctimas del 11M o una bandera negra que nos recuerda que hay muchos hijos de América que dieron su vida por la patria. Tétrico.

10. ¡Honor!

Aquí la palabra es mucho más valiosa que los documentos. Lo comprobé el día que nos cambiaron una botella de vino picado sin necesidad del ticket, sin dudar de que la hubiésemos comprado allí. En otra ocasión, comiendo en un restaurante nos quejamos después de más de 40 minutos esperando la comida. El resultado: nos invitaron a comer – ¡Sí, como hacen con toda la remesa de primeros comensales en Pesadilla en la Cocina! – Es cierto que una mala opinión puede hundir la reputación de tu negocio, pero también que nadie pone en duda tu palabra. Y eso, siempre es de agradecer.

Subir, bajar y volver a subir como en una montaña rusa

Me moría de ganas de visitar Coney Island. Tantas, que cuando el metro anunció la última parada, ya estaba dando saltos de alegría como una niña. Al salir de la estación, el mural de Nathan con los resultados del concurso de comer perritos calientes de cada 4 de julio me da la bienvenida. Los ganadores de otros años posan como luchadores de Pressing catch y puedo leer que el récord está establecido en 69 perritos. Realmente impresionante.

El mural es la declaración de intenciones de Coney Island, un lugar donde se acumula lo hortera, lo feo. Todo aquello de lo que se enorgullecen los neoyorquinos queda muy lejos en el espacio, pero también en el tiempo. El reloj del Luna Park se detuvo hace varias décadas, y paseando entre las atracciones puedes encontrar tómbolas rudimentarias y autómatas que prometen enamorarte por un cuarto de dólar. El paseo de la playa está atestado de puestos de comida con olor a fritanga, y los comensales beben sin traspasar una línea pintada en el suelo. Unos metros más allá, un grupo de puertorriqueños bailan como si acabasen de salir de un after.

Me muevo contenta entre ese feísmo, sin apartar la mirada del Cyclone, mi auténtico destino. Nerviosa pago los billetes y consigo encajarme en uno de sus diminutos asientos de cuero marrón. El viaje dura menos de dos minutos y termino feliz, pletórica.

Me encantan las montañas rusas. Hay subidas, bajadas y más subidas. Las subidas parecen que no se acaban nunca y pueden provocar más vértigo que placer. En algunas caídas son peores los nervios previos que lo que realmente sucede, y terminas reconociendo que no fue para tanto. Otras, pasan desapercibidas hasta que no te ves la punta de los pies y las tienes que afrontar con lo puesto. Sea lo que fuere, al final siempre terminas mejor que empezaste. Como la vida, vamos.

Cyclone
Cyclone

El Met y la Casa de las Dagas Voladoras

Me declaro fan de las películas chinas. De los lagos escondidos, sus bosques sombríos y las altas montañas.

Me gustan los guerreros silenciosos, que apenas tocan el suelo. Los que saltan desafiando las leyes de la física mientras todo queda en suspenso.

Me quedo embelesada ante los trajes de las mujeres. Los tejidos kilométricos, los colores. Los bordados y las telas. Los dibujos y la caligrafía que hay en ellos. Pensaba en todo ello recorriendo la exposición sobre moda china que hay en el Met, hasta que me topé con una sala donde proyectaban La Casa de las Dagas Voladoras.

Nadie es inmune a la belleza.

Met
Met

Todos los peligros nos acechan

Los europeos vivimos en un estado de feliz desconocimiento.

No sabemos lo peligroso que es viajar en transporte público, los riesgos de coger un metro. Deberían recordárnoslo con un único mensaje, repetido hasta la saciedad para que nos quedase grabado a fuego. Un mensaje visible en cada esquina, en cada boca de metro, a través de distintos soportes: en carteles de gruesas letras blancas sobre fondo rojo, en grandes pegatinas en los peldaños de las escaleras o en los carteles rotativos en los que se anuncian las estaciones. “If you see something, say something”.

No somos conscientes del riesgo de morir calcinados, atrapados en algún espantoso incendio. Aquí son omnipresentes las alarmas de humo, las bocas de incendio, los coches de bomberos con atronadoras bocinas que recorren a todas horas la ciudad. La voz a través de la megafonía del metro que nos recuerda que no tiremos basura a las vías, porque es un material altamente inflamable.

El peligro acecha en cada rincón de la ciudad. Está agazapado en los restaurantes con enormes letras B que nos hacen sospechar de su limpieza, en las calaveras que presiden los locales cerrados y evocan la peor de las plagas. Está en los filetes de carne engordados con hormonas, en los barrios alejados del centro y en los objetos que parecen inofensivos. Así lo dicen los botellines de agua “Cap is a small part and poses a choking hazard, particularly for children” y lo pregonan las etiquetas de los secadores, con sus símbolos de muerte por electrocución.

Ya lo decía Carmen Martín Gaite. Lo raro es vivir.

Williamsburg bridge
Williamsburg bridge

So sweet. Guía dulce de NYC

Después de despotricar sobre las compras tengo que admitir que me gusta comprar en NYC. Y no estoy pensando en Strand, sino de una nueva afición que acabo de descubrir: visitar pastelerías. Con sus adornos, las tartas de colores, sus expositores gigantescos… Entrar en una pastelería es un placer sólo comparable con probarlo todo.

Os presento mis favoritos de mi barrio. Los tres sitios que no me perdería del Upper East Side – Yorkville.

VOSGES

A mi llegada a NYC me esperaba una caja de tabletas de chocolate de esta tienda o, como lo llaman ellos “a library of mini exotic chocolate bars”.  Los chocolates son de distintos sabores que nunca se te hubiese ocurrido combinar pero que, oye, están buenísimos.

El mismo día que llegué, cerró la tienda de Madison Avenue, así que probablemente tengo “el último ejemplar” de su biblioteca del Upper East Side. No preocuparse, también está en el Soho o, si no, podéis hacer hambre visitando su página web.

Vosges
Vosges
Vosges
Vosges

ANDRE´S CAFE  1631 2nd Avenue

Este pequeño y anticuado local de comida húngara no llama la atención, pero tiene uno de los mejores appel strudel que he probado. La especialidad de la casa es el de col, pero no termino de animarme…

Andre´s cafe
Andre´s cafe

TWO LITTLE RED HENS 1652 2nd Avenue

He dejado para el final la que es para mí la joya de la corona del barrio. Esta pequeña y coqueta pastelería está siempre llena de gente y tiene un expositor que te llevarías entero.

Two little red hens
Two little red hens
Two little red hens
Two little red hens

He probado los cupcakes, las tartas y los rollos de canela, y cualquiera de ellos merece la visita. Los cupcakes son igual de buenos que bonitos aunque, lo siento Red Velvet, pero habiendo chocolate de por medio no tienes nada que hacer. En cuanto al rollo de canela, es muerte y destrucción.

Two little red hens
Two little red hens
Two little red hens
Two little red hens
Two little red hens
Two little red hens

Si sólo puedo elegir uno, me quedo con la NewYork Cheesecake. Al lado de los demás postres puede parecer poca cosa pero creedme, hasta las coberturas de cherry le sobran. Impresionante.

Two little red hens
Two little red hens

¿Ahora entendéis por qué corro?