La mujer del sótano

Las duchas de la piscina están en el sótano. Por una escalera estrecha se accede a un espacio que parece salido de una película de zombies, con bancos oxidados apoyados contra la pared, estrechas claraboyas por las que apenas se cuela algo de luz y paredes de azulejos blancos hasta el techo. Allí nos encontramos todas en el momento de la ducha, en un espacio que intentamos que sea sólo de paso.

Todavía estoy sacando las cosas de la taquilla cuando escucho su voz que, proveniente del piso de abajo, se desliza por el hueco de la escalera y resuena en el vestuario. Respiro hondo y, con decisión, cierro la taquilla y me dispongo a bajar.

– Yo tomo un jarabe que te lo quita tó. El reuma, el dolor de brazos, el dolor de espalda, tó.

-¿Y dónde se puede encontrar esa maravilla?

– Uy chica, eso no se vende. Los médicos no quieren, se les acaba el negocio. Yo si quieres te lo compro, porque tú no lo vas a encontrar.

Se sienta despatarrada en el banco del vestuario. Como una matriarca tribal en braga y sujetador. Una señora que nos va preguntando a todas cómo estamos, si hemos pasado buen fin de semana, qué tal está la familia. Así sigue todo el tiempo que dura mi ducha, sin cejar en su empeño de entablar conversación, aunque lo máximo que obtiene es alguna respuesta automática y educada.

La mujer del sótano tiene la piel arrugada y tostada por el sol. Con decisión se erige en la protectora de todas, sabiendo que nadie le disputará el cargo. Así nos repite, un día sí y otro también, que si se nos olvida algo ella se lo llevará a casa, lo lavará y nos lo traerá limpio y planchado.

– Qué maja es usted, – le responde una bañista anónima sin mucho convencimiento.

– Nada mujer, si no me cuesta nada. Lo meto con mis bragas en la lavadora y ya está.

Habla hasta que no tiene nada más que decir, y después se levanta con dificultad. Nos explica que se tiene que dar prisa, que su hijo va a venir a buscarla. Lo dice con tono despectivo. Hombres, quién los necesita, parece decir el gesto de su cabeza, que hace temblar su melena rubia.

Y así se marcha, enfundada en un chándal rosa cual mujer cualquiera. La matriarca de las profundidades reconvertida en señora de andar por casa.

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El hombre que no podía dormir

Cuando tenía unos 10 años, encontré en la biblioteca un libro de relatos de misterio. Recuerdo con claridad el primero de ellos. En él, dos hombres se encontraban en un vagón de tren. Uno de ellos tenía mal aspecto: parecía desesperado, un hombre perdido, sin esperanzas. Ante el escepticismo de su compañero, le había explicado que era un actor de éxito, pero que no siempre había sido así. En el pasado, no había sido capaz de memorizar ni una línea, razón por la que  no conseguía ningún papel. Un día, un comerciante le había ofrecido una memoria prodigiosa a cambio de que le vendiese su sueño. Al hombre le había parecido un gran trato y había aceptado, cumpliéndose lo prometido. Desde aquel momento, cuando empezaba a quedarse dormido sentía una fuerza que le sacudía, impidiéndole dormir. Ahora vagaba de un lado a otro, cada vez más agotado, tratando de encontrar a aquel hombre para poder recuperar lo que era suyo.

No había vuelto a pensar en este relato hasta hace poco. Viajaba en autobús, ya era de noche y trataba de dormir un rato, cuando un hombre y una mujer sentados en el asiento de atrás empezaron a hablar. Conversaban en voz muy baja, casi entre susurros, pero el silencio del autobús y los pocos centímetros que los separaban de mi cabeza hacían que pudiera escuchar su conversación.

– Tienes mal aspecto, – había dicho ella, preocupada.

– Es que yo no duermo. – Había respondido él, como quien confiesa un gran secreto.

– ¿No duermes?

– Me acuesto agotado y me quedo dormido. 1 hora y media más tarde me despierto, totalmente despejado. Y así todas las noches.

– Pero eso es imposible.

– Hablo en serio. He visitado a montones de médicos. Me recetan pastillas, y con ellas duermo como mucho 2 horas, pero ni un minuto más.

– ¿Y cómo te sientes?

Se habían quedado en silencio durante unos minutos. Cuando ya pensaba que no iba a responder, se había oído su voz en un susurro.

– La vida puede ser muy larga.

Un poco más tarde, el autobús se detuvo en su primera parada. Sentí que se levantaban para bajar y yo, en un impulso, me encogí en el asiento y cerré con fuerza los ojos, haciéndome la dormida.

Por supuesto, no conseguí pegar ojo en lo que quedaba de trayecto.

Sueño