Yellow Submarine

En primero de carrera hacía voluntariado en una residencia de ancianos mastodóntica. Recuerdo los pasillos, interminables, y unas salas inmensas donde los abuelos estaban aparcados en círculo, mirándose los unos a los otros, sin tener nada que decir.

De vez en cuando, un elemento rompía la monotonía. La puerta de una habitación entreabierta, que dejaba intuir lo cotidiano – una cama a medio hacer, un andador, un paquete de pañales. – Un rincón escondido, donde un par de abuelos conversaban, conspiradores, tal vez planeando cómo fugarse. Había también unas salas pequeñas, donde en ocasiones los abuelos se sentaban con sus familiares durante el rato de visitas. En una de esas salas, había una señora gruesa, casi obesa, apoltronada en un sillón. Siempre estaba ahí. Llevaba el pelo corto, teñido de rubio, y miraba al infinito con cara de desagrado. Al lado se sentaba su hija, una mujer con la misma figura que su madre pero que nos saludaba siempre con una sonrisa. La hija le contaba cosas a su madre y ella no respondía, ni siquiera la miraba.

Al segundo o tercer día le preguntamos si no hablaba. Uy, qué va, nos había respondido. Lo que pasa es que no quiere decir nada. Pero mirad, y dirigiéndose a su madre, le había hecho la petición más extraña que he oído nunca:

– Mamá, el Submarino Amarillo.

De repente, una voz atronaba la sala:

“Conocí a un capitán.

Que en su juventud

vivió en el mar.”

La estrofa se repetía 2, 3, 4 veces, dependiendo del humor de la señora, que después volvía a cerrar la boca, obstinada.

El espectáculo sucedió en cada una de las visitas a lo largo de ese año. Aquella escena nos hacía reír. No nos la hubiéramos perdido por nada del mundo. Escuchar a esa señora inmóvil entonando una y otra vez el Submarino Amarillo a todo volumen bien valía una visita.

El otro día, al leer un chiste sobre la situación política y echarme a reír, me acordé del Submarino Amarillo. Y pensé que, al final, no era tan diferente. A fin de cuentas, consiste en reírse de cosas que, en el fondo, dan mucha lástima.

 

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En la foto, los Beatles del Submarino Amarillo coreando la estrofa de la señora.

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El olvido

Hoy recibí un mensaje de una antigua amiga. Era una foto de su niño recién nacido, una de esas imágenes que empiezan a acumularse, en los últimos tiempos, en mi teléfono. He entrado en la vorágine de fotografías de bebés ajenos a la expectación que generan y de padres sonrientes. Será la edad.

Hacía muchos, demasiados años que no sabía de ella. Las personas a nuestro alrededor cambian: algunos llegan, otras muchas se van. Entre las que se han ido, sólo recuerdo unas pocas que tenían razones de peso para desaparecer. A algunas no quise verlas más. Otras cambiaron, o cambiamos, de modo que ya no nos sentíamos cómodas. Otros amigos tenían un carácter egoísta, cenizo, manipulador, que decidí eliminar de mi vida, muchas veces de puntillas, con la cobardía del que intenta que no le descubran en la huida.

Cuento estos casos con los dedos de una mano. La mayoría de los que una vez llamamos amigos se perdieron en el tiempo, sin saber cuándo decidimos que no merecía la pena seguir cuidando de ellos. Incapaces de recordar en qué instante creímos que no eran tan importantes y podíamos dejarlos pasar. Habiendo olvidado el momento en que se decidió todo.

Al final, sólo unos pocos permanecen. Tal vez sea mejor así.

(Hace poco escribía Javier Marías sobre este tema. Si alguien quiere leer algo con sentido, a él os remito).

El miedo

Si había muchos pacientes terminábamos la consulta cuando ya se había hecho de noche. Vivíamos a sólo una cuadra del consultorio de Santa Anita, pero si había anochecido recorría esa distancia corriendo. Me detenía ante la verja con las llaves en la mano, y miraba alrededor mientras abría y cerraba a mis espadas todo lo rápido que era capaz. Nunca pasó nada. Tal vez, por muchas veces que hubiera hecho ese camino, nunca hubiera sucedido nada. Pero el miedo estaba allí, una amenaza que no puedes ver. Una mano que te aprieta la boca del estómago.

En la cárcel de Trinidad luchaba para que el miedo no saliera al exterior. Para que mi gesto permaneciera impasible, para que no se notase que me temblaban las manos, que sólo quería salir de allí. Los minutos que el guardia tardaba en abrir la puerta parecían horas. Apoyados junto a la reja los locos, los desahuciados, te hablaban. Unos sonreían con bocas desdentadas, hombres en los que era imposible calcular la edad. Otros tenían la mirada perdida. Yo trataba de pasar desapercibida, no enfadar a ninguno. Simulaba estar cómoda mientras invocaba mentalmente al guardia, ven ya, por qué cojones tardas tanto. El miedo es la certeza de que todo puede torcerse en cualquier instante.

Baltimore no es Santa Anita, ni el Agustino, ni mucho menos las cárceles bolivianas. Aún así, en cada esquina hay un hombre que grita, tirado en el suelo como si nunca se fuese a mover. En cada manzana te cruzas con alguien que camina a duras penas, con la mirada perdida. En cada rincón de la ciudad hay una mano dispuesta a apretarte, poco a poco, la boca del estómago.

Lo que descubres por la mañana

No, olvidadlo. Esto no es una escena de película para treintañeros en la cual ella, al despertarse resacosa, se da la vuelta en la cama y, ¡Premio! Hay alguien durmiendo a su lado. Una persona que suele balbucear algo entre sueños mientras ella escapa de la habitación de puntillas, tapándose con la sábana y tratando de recoger la ropa del suelo.

Yo hablo de otra cosa más mundana, más habitual. Algo que no deja de asombrarme. Me refiero a todas esos objetos que aparecen abandonados en la calle y que uno descubre por la mañana. Hablo de los periódicos desparramados. De las prendas de ropa. Los envases a medio usar. Pero, sobre todo, pienso en los zapatos. ¿Quién no ha visto un par de zapatos, o al menos uno solo, en la acera a primera hora de la mañana? Suele ser un botín de ante marrón, desgastado y bastante feo, inclinado hacia un lado como si no se sostuviese en pie. O una zapatilla de lona que ha perdido los cordones y que se encuentra apoyada en la papelera, sin fuerzas para deslizarse dentro del cubo. O unos malos zapatos de tacón, cada uno en una posición, simulando una escena del crimen de la que alguien se dio a la fuga.

Los zapatos perdidos me fascinan. Por ellos llenaría la calle de cámaras, para saber cómo han llegado hasta allí. Por ellos buscaría a su otro par, como si fuese el Príncipe de una nueva Cenicienta. Sólo por ellos haría la ronda a media noche, esperando a que aparezcan.

Pero a esas horas, cuando los encuentro, voy medio dormida. Y me olvido de ellos. Hasta la próxima mañana en la que me los encuentre.

Por qué los viajes organizados son el mal

En las últimas horas, antes de coger el vuelo de vuelta, es cuando empiezo a asimilar el viaje. Suelo pensar en todo lo que he visto, lo que he hecho y cómo me he sentido. Pero estos días hay otro pensamiento que no me abandona: los viajes organizados, esos contratados en agencia con circuito cerrado, deberían formar parte del eje del mal. Por varias razones:

1. El GH de los viajes.

Puedo ser una persona sociable cuando es necesario, pero en los viajes organizados mis niveles de sociopatía superan a los del peor asesino en serie. No sólo porque querría estrangular a más de uno, por ejemplo al señor que en estos momentos lee a voz en grito el listado de restaurantes africanos de la guía, sino porque no me apetece relacionarme. Un viaje organizado implica un grupo y la gente enseguida se adapta a esa situación: se conocen, se sientan juntos y hablan. En resumen, se les ve felices. Mientras, yo cruzo los dedos para que las mesas de la comida estén separadas y, así, no verme obligada a entablar conversación.

2. Un recorrido para conquistarlos a todos.

Cada persona tiene su itinerario ideal, todo aquello que no quiere perderse. Si mi listado coincide con el de la mayorista, es un milagro. Que, además, coincidan los tiempos, es algo que todavía no me ha sucedido. Las paradas más largas no son en los miradores más espectaculares, ni en los mejores museos, sino en la tienda donde se llevan más comisión. Y eso me lleva al siguiente punto.

3. La ruta del souvenir.

Recuerdo las tiendas de vodka de Rusia, las de alfombras de Turquía y las de pergaminos egipcios. Considerando que soy una persona que huyo de las tiendas como de la peste, y más de las de turistas, el tiempo que he pasado en esos lugares, para no comprar nada es el que más me duele haber perdido.

4. Una parada, una foto.

Parar, bajar, hacer una foto y volver a subir al autobús. Esa es la frase más repetida en los viajes organizados. Vamos a ver. Mis pelos y yo no aportamos nada a este precioso fiordo, y sospecho que ha habido fotógrafos que han retratado las pirámides mucho mejor que mi cámara de pocos píxeles. ¿Para cuándo la opción, baja y contempla el paisaje?

5. Guías, vade retro.

Mi relación con los guías es complicada. El de Egipto nos llamaba a gritos “Faraones súper súper guapos” y en el museo del Cairo sólo se detuvo ante el preservativo más antiguo de la historia. Estoy segura de que mi guía de Moscú había pertenecido a la KGB y daba miedo preguntarle nada. En Noruega la guía está empeñada en hablarnos de economía y sus explicaciones rallan lo oligofrénico. Con la honrosa excepción de mi guía turco, que era profesor de universidad y un fanático de los hititas, el resto han sido un desastre. O, tal vez, se deba a mi sociopatía. Y, así, vuelvo al punto uno…

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Hace 4 años

Siempre había querido vivir un mayo del 68. Me gustaban las revoluciones donde no moría nadie, esas historias compuestas de cientos de pequeños relatos, aparentemente inarticulados, pero que conducían a un fin común. Oía la palabra París unido a huelga estudiantil y me parecía que no podía haber nada más romántico, más hermoso. También sentía un hormigueo en el estómago cuando se hablaba de las huelgas de los últimos años del franquismo, pero esas imágenes carecían de la luz de París. Por alguna razón las veía en blanco y negro, como si fuesen emitidas por el nodo.

Quería vivir mi particular mayo del 68 y pensaba que nunca sería posible. Los españoles no solemos ponernos de acuerdo ni salimos a manifestarnos. Yo misma podía contar con los dedos de una mano las veces que había participado en una manifestación. Para colmo, no habían servido de nada. Esa era la principal razón para creer que nunca tendría mi mes de mayo soñado: el convencimiento, tan español, de que la protesta ciudadana es inútil.

Hace cuatro años, Ardaleth y yo quedamos a tomar una cerveza. Vía Twitter se había convocado una manifestación y habíamos decidido unirnos. Apoyábamos la convocatoria, creíamos que era necesario estar allí. Además sentíamos curiosidad por saber si, aquello que se movía en las redes sociales, tendría repercusión en el mundo real. Cuando llegamos al lugar señalado, la primera impresión fue que había poca gente, pero fue empezar a andar y darnos cuenta de que éramos muchos, muchísimos, y que cada vez éramos más. Muchos más de los que habríamos podido imaginar.

Aquellos meses viví mi mayo del 68. Con asambleas, consignas, concentraciones improvisadas a través de las redes sociales y acampadas. Con indignación creciente y un sentimiento de orgullo, de emoción ante algo que era mucho más grande que yo, más grande que todos nosotros juntos. El mes de mayo de hace cuatro años cambió nuestra forma de ver las cosas, y gracias al trabajo de muchos, seguimos en construcción.

Feliz 15M.