Escaleras

Llegué a Nueva York ayer. Con más retrasos, frío y ruido del esperado. No importa, hay tiempo de sobra.

Mi barrio está lleno de escaleras. Hay escaleras empinadas que nadie ha limpiado desde hace años y que conducen a azoteas cerradas. Escaleras que llevan hacia abajo, a sótanos de locales que parecen clandestinos. Escaleras de metal, de mármol, de madera con peldaños de linóleo y pasamanos casi ancestrales.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Las fachadas están surcadas de escaleras y creo que acabaré partiéndome el cuello de tanto mirar hacia arriba. Los edificios de mi calle recuerdan a Pretty Woman, con Richard Gere subiendo por su fachada, intrépido. Se que desde alguna de esas escaleras estará cantando Audrey, aunque no pueda escucharla a causa de las obras de la estación de metro o de las bocinas de los camiones.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Mi casa no es una excepción. Cada pocos minutos me asomo, medio cuerpo fuera, y miro hacia abajo y en dirección a los edificios vecinos. Las escaleras de metal no son aptas para gente con vértigo y entre sus hierros parece que puedes escurrirte hasta la acera. Están surcadas de cables y llenas de óxido, pero pese a todo sirven de balcones improvisados, de puntos de encuentro y de lugares donde plantar algo.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Tengo que reconocer que todavía no me atrevo a ponerme a cantar. De momento me conformo con asomarme y ver la ciudad desde arriba. Una perspectiva totalmente inesperada.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Como decíamos ayer

Hace unos cuantos años – 9, 10, ahora mismo no lo recuerdo con exactitud, – comencé a escribir sobre todo lo que se me ocurría en un blog. El título del blog era El Intercambio Equivalente, y tomaba su nombre de la serie manga Full Metal Alchemist. Sí, era una chica muy friki. Podía pasarme toda la noche jugando a juegos de mesa, conocía los nombres de las tribus de indios americanos e iba a ciclos de cine coreano. Nada demasiado estrambótico. Ahora, muchos años después, mi frikismo se ha suavizado, o socializado, según se mire, pero perdura en algunos pequeños detalles que no tengo intención de eliminar, como son mi costumbre de utilizar palabras que la gente parece no haber escuchado jamás, disfrutar con el humor absurdo, y leer libros cuyos autores murieron hace más de 100 años, superando ampliamente la recomendación de aquel personaje de Murakami.

Dicho esto, desconozco por qué he decidido abrir un nuevo blog y, lo que es todavía más llamativo, lanzarme a escribir en él. O, siendo  más precisos, tengo una ligera idea, pero no me apetece ahondar en ella temiendo descubrir que sea demasiado absurda, rompiendo la magia. Para colmo, en vez de demostrar que los años no han pasado en balde, he optado por escoger un título, El Intercambio, que es una clara continuación de aquel blog de fondo negro que tenía una cabecera de Final Fantasy y en el que, y tal vez todo se resuma a eso, tan buenos ratos pasé.

Veremos a dónde me lleva todo esto.