Microrrelatos fotográficos

16 de enero 2020

Celia es la mejor trabajadora que una empresa podría tener: cumplidora, eficiente, ordenada. Todo lo contrario a mí, que sobrevivo como puedo en una mesa caótica, no sé en qué día vivo y siempre corro de un lado para otro. Todas las mañanas, cuando entro en el despacho, ella ya está ahí, con los ojos fijos en la pantalla del portátil y tomando notas en su cuaderno con un bolígrafo impecable, no como mi boli bic, completamente mordisqueado. Sí, la pobre es un muermo. Por eso, al llegar esta mañana a la oficina, me he dado un susto terrible. Ahí estaba mi mesa tal y como la había dejado. Pero Celia, ¡Celia no estaba! Así que me he puesto a mirar a mi alrededor, detrás de la puerta y debajo de la mesa, no vaya a ser que, después de años de total aburrimiento, hubiera decidido gastarme una broma. No la he encontrado. He salido entonces al pasillo para preguntar por ella, pero no había nadie. Entonces lo he visto claro: aquello tenía que ser un apocalipsis zombie o una alerta nuclear o, probablemente, un escape nuclear que había terminado con la mitad de la población convertida en zombies. He empezado a temblar cuando, de repente, mi móvil ha vibrado en el bolsillo, haciéndome dar un salto. Era mi madre, que si iba a comer. Había hecho pollo asado, como todos los domingos.

9 de enero 2020

Sí, lo sé, llego tarde. Pero no vas a creerte lo que me ha pasado. Yo salía de casa, iba bien de tiempo, te lo juro. No me había dejado la olla al fuego, ni me había olvidado la tarjeta del autobús, ni había salido con un calcetín de cada color. Tienes razón, una vez salí de casa con un zapato distinto en cada pie, pero no me interrumpas. El caso es que yo salía del portal cuando, de repente, me he chocado con un zanco. ¿Te lo puedes creer? He tardado un momento en darme cuenta de lo que era. Al principio he pensado que era un palo que se había olvidado alguien allí, en la acera, pero de repente se ha movido y, al levantar la cabeza, he descubierto que había alguien encima. ¡Qué susto, ni te lo imaginas! Y, para colmo, el de los zancos no estaba solo, había cuatro, o cinco más. Pero, espera, que falta lo mejor: llevaban una estrella gigante sobre ellos, una estrella de proporciones bíblicas. Estaba alucinada, mirándola, cuando el que parecía el jefe me ha preguntado que por dónde caía Sos del Rey Católico. Sí, yo he pensado lo mismo, hasta se lo he dicho, que si no tendrían que ir a Belén en vez de a Sos. ¿Sabes qué han hecho? ¡Se han partido de risa! ¡Como si les hubiese contado un chiste! Se han reído tanto que casi se caen de los zancos. Y va uno y me responde que a ver si pienso que sólo hay una estrella. Que hay millones y que debería mirar más al cielo. Para ver las estrellas y para no irme chocando con la gente que camina sobre zancos. Una locura. Anda, vamos a merendar algo, que me muero de hambre.

1 de enero 2020

Anoche cené a las ocho y media, como es mi costumbre. Me tomé mi plato de sopa y, después, me senté en el sillón con el libro que tengo entre manos. Pasé por el baño a las diez de la noche y, a las diez y diez, ya estaba en la cama. De camino al dormitorio vi que varios vehículos habían aparcado frente a la puerta de mis vecinos, y uno de ellos obstruía la salida de mi garaje. Decidí pasarlo por alto, aunque a regañadientes, porque no tengo coche desde hace varios años. Si hubiera sabido lo que venía después, habría llamado a la guardia civil. Mis vecinos gritaron durante horas, especialmente en torno a la media noche. Pusieron música estridente y bailaron sin importarles que yo intentase descansar. No he podido conciliar el sueño hasta la madrugada. Esta mañana cuando, cansada y de mal humor, daba mi paseo diario por la playa, he descubierto que el banco en el que suelo sentarme estaba ocupado por un pantalón abandonado. He parpadeado varias veces ante esa visión inesperada. No sé qué demonios pasó ayer, pero ni que fuera la última noche del año.

25 de diciembre 2019

Es una mañana de Navidad casi perfecta. No hay ni una nube en el cielo y las calles están llenas de personas que caminan, alegres, haciendo tiempo hasta la comida. Hace mucho que no visito esta parte de la ciudad, pero la ocasión lo requiere. He oído hablar maravillas de la decoración navideña y estoy ansiosa por descubrirla. Cuando llego a la plaza mayor, me encuentro con el árbol. No es lo que me esperaba, pero me deja sin palabras: la copa ancha, sus ramas nevadas y el espumillón enrollado en el tronco. Cuanto más lo miro más me gusta. Siento cómo el espíritu navideño me embriaga, hasta que no puedo controlarlo y escapa de mi boca un contundente, ¡Viva la Navidad! Al que la gente responde, con igual contundencia, ¡Viva! Me giro hacia mi pareja y, como colofón, le planto un beso de película. Es lo que se espera de ti en ocasiones como ésta.

19 de diciembre del 2019

Levanto con cuidado la persiana, lo justo para poder ver el exterior. He apagado la lámpara de la habitación para que no me vean desde fuera. La calle está vacía, y las luces de la casa de enfrente han comenzado a encenderse. Permanezco en guardia hasta que, de repente, aparece. Pone un pie en la acera y se detiene. Lanza una mirada a derecha e izquierda y, de pronto, levanta la cabeza, clavando sus ojos en mi ventana. Me agacho todo lo rápido que puedo, rezando para que la oscuridad no le permita ver el interior. Permanezco apartada de la ventana, el corazón a cien por hora, hasta que, pasado más de un minuto, reúno el valor suficiente para asomarme de nuevo. Ella se aleja calle abajo y, finalmente, da la vuelta a la esquina, por lo que respiro aliviada. Todavía a oscuras, termino de ponerme el abrigo y salgo al rellano de la escalera, cerrando la puerta a mis espaldas de un portazo. No podría soportar que la vecina me volviese a apretar los mofletes mientras me pregunta, como todos los días, para cuándo el novio.

12 de diciembre del 2019

En el prado hay gente de lo más variopinta. Varios grupos hacen tiempo a la sombra comiendo algo. Una niña espera a que su padre acabe de limpiarle los mocos para seguir jugando a la pelota. Algunas personas aguardan en fila a que les sirvan un vino y ella, la chica del vestido blanco, mira con insistencia hacia arriba para no perderse detalle. Nada más verla confío en ella ciegamente. Seguro que tiene información de primera mano que los demás no conocemos, pienso. Así que dejo la cerveza a un lado y me siento sobre el césped, mirando en la misma dirección. Echo un vistazo al reloj: las doce menos tres minutos. Empiezo, mentalmente, la cuenta atrás: ciento ochenta, ciento setenta y nueve, ciento setenta y ocho… Me detengo para darle otro trago a la cerveza y lanzar una mirada satisfecha a mi alrededor. Nunca imaginé que cumpliría mi sueño de viajar a Cabo Cañaveral.

5 de diciembre de 2019

¿Otra vez macarrones para cenar? Estiras el cuello lo suficiente para confirmar que es así. El plato rebosa macarrones gratinados nadando sobre una balsa de tomate y aceite. Tienes que comer. Venga, prueba un poco, te dice tu madre que, de repente es dos palmos más alta que tú. Si fuera por ti estarías todo el día comiendo guarradas, añade tu padre, que vuelve a tener pelo. Pero yo quiero acelgas, te quejas. Acercas el tenedor al plato con torpeza, como si estuvieras aprendiendo. Miras desde abajo a tus padres. ¿Cuándo me daréis verdura? El domingo, en casa de los abuelos. Pero te tienes que comer los macarrones. Miras el plato con nuevos ojos y lo atacas con una sonrisa. Por nada del mundo te perderías ver a tus abuelos de nuevo.