Los gatos de Murakami

Había, cuando me mudé, dos gatos que vivían en el patio de manzanas. Ambos eran blancos con manchas negras. Uno un poco más grande, más pesado. El otro, juguetón y ágil. Son madre e hijo, pensaba, cuando los veía desde la ventana de la cocina, mientras fregaba los platos en la pica. ¿Cómo habrán llegado hasta aquí? Me preguntaba cuando tendía la colada y ellos se colocaban bajo la galería, unos pisos más abajo, maullando y mirándome fijamente, tratando de camelarme para que les lanzase algo de comida.

Un buen día, hace un año, más o menos, los gatos desaparecieron. Durante semanas esperé verlos aparecer en cualquier momento, saltando de terraza en terraza. O creí verlos ocultos bajo algún saliente, protegiéndose del sol, donde podrían haberse encontrado todo el tiempo sin
que yo me hubiese dado cuenta. De vez en cuando, fantaseábamos sobre lo que podía haberles ocurrido. ¿Habrían encontrado alguna forma de escapar? ¿Se los habría llevado alguien? ¿O tal vez tenían dueño y éste se había mudado, llevándoselos con él?

Ahora suelo mirar hacia el patio, en dirección a las paredes blancas y a las ventanas con ropa tendida. Recuerdo aquellos gatos que nunca volvieron y me entretengo pensando que, si fuera Murakami, esos gatos serían suficientes para escribir una novela.

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Chistar

Contaba mi abuelo que, estando de viaje en Venecia con mi abuela, hace ya unas cuantas décadas, se le había ocurrido chistar a un camarero para pedirle la cuenta. Éste, ofendido, se había vuelto y, en castellano, le había replicado: “Aquí se piden las cosas por favor. ¡Chistar! ¡Chistar es para los gatos!”. Mi abuela escuchaba la anécdota y asentía con la cabeza. “Para los gatos”, remarcaba, dando a entender que aprobaba la reprimenda del camarero.

Cuando oí el primer chist, ni siquiera me di por aludida. En aquel momento era de noche, y dejaba en la acera un par de baldas de madera maciza. Tenía prisa por librarme de esos muebles heredados que nunca me habían convencido. Tampoco les habían gustado a los ex drogadictos a los que habíamos llamado con la esperanza de que se los quedaran, lo que da idea de su belleza. Así que, después de desmontarlos, meterlos en el ascensor y amontonarlos en el patio, procedíamos a colocarlos en la acera cual mercadillo americano improvisado.

El segundo chist fue más audible. Venía de uno de los balcones del edificio de enfrente. Una abuela con bata nos miraba, y negaba, a un lado y a otro, con un dedo huesudo:

– Eso no se deja allí, – nos gritó, vigilante del orden del barrio.

– Hemos llamado al ayuntamiento, – le informamos.

– No se lo van a llevar.

La respuesta había sido clara, firme, y no dejaba resquicio a la duda. Esa señora de más de 80 años, enfundada en una bata de color rosa palo y de cardado estándar, parecía conocer la normativa municipal de recogida de muebles al dedillo. Me la había imaginado escudriñando la página web del ayuntamiento y marcando los puntos de recogida con un grueso rotulador rojo sobre un mapa de la ciudad que presidía la pared del salón.

No, no parecía probable.

-Sí que se lo van a llevar, – había respondido yo, cansada de la situación y deseosa de acabar cuanto antes.

Me distraje con un borracho que, contento, se movía entre los muebles como si fuesen un tesoro y me concentré en no mirar hacia arriba, porque sabía que seguía allí. Volví a casa tratando de no encender las luces, por miedo a que averiguara en qué piso vivíamos. Me metí en la cama con la duda y, por la mañana, lo primero que hice al levantarme fue asomarme al balcón: los muebles ya no estaban. Aliviada, sonreí al saber que, sin duda, ella ya había llegado a la misma conclusión.

Casa cerrada

Volver es como abrir una casa que lleva cerrada un tiempo. Empujas la puerta y, a tientas, buscas el cuadro de luces. Lo accionas como puedes y sigues tanteando la pared hasta encontrar el interruptor. Cuando enciendes la luz, todo parece desangelado. Hay polvo sobre los muebles y la casa huele a cerrado. Hay algo claustrofóbico en ese primer contacto y corres a subir la persiana que tienes más cerca y a abrir las ventanas. Después de eso, todo es más fácil. Das una vuelta rápida por las habitaciones sin fijarte en nada en concreto. A veces basta con apoyarse en el quicio de la puerta y encender y apagar la luz, como si pudieses valorar que todo está bien desde el umbral. Abres la nevera. Por supuesto, no hay nada, te aseguraste de que quedase vacía. Cuando has comprobado que todo está como lo recordabas, te sientas en el sofá, o tal vez en el borde de la cama o en la silla de la cocina, y te preguntas qué toca hacer ahora.

Esa soy yo, aquí y ahora. Esa soy yo mirando cómo el polvo se ha acumulado en el blog y pensando cómo ponerle remedio.

 

El hombre que no podía dormir

Cuando tenía unos 10 años, encontré en la biblioteca un libro de relatos de misterio. Recuerdo con claridad el primero de ellos. En él, dos hombres se encontraban en un vagón de tren. Uno de ellos tenía mal aspecto: parecía desesperado, un hombre perdido, sin esperanzas. Ante el escepticismo de su compañero, le había explicado que era un actor de éxito, pero que no siempre había sido así. En el pasado, no había sido capaz de memorizar ni una línea, razón por la que  no conseguía ningún papel. Un día, un comerciante le había ofrecido una memoria prodigiosa a cambio de que le vendiese su sueño. Al hombre le había parecido un gran trato y había aceptado, cumpliéndose lo prometido. Desde aquel momento, cuando empezaba a quedarse dormido sentía una fuerza que le sacudía, impidiéndole dormir. Ahora vagaba de un lado a otro, cada vez más agotado, tratando de encontrar a aquel hombre para poder recuperar lo que era suyo.

No había vuelto a pensar en este relato hasta hace poco. Viajaba en autobús, ya era de noche y trataba de dormir un rato, cuando un hombre y una mujer sentados en el asiento de atrás empezaron a hablar. Conversaban en voz muy baja, casi entre susurros, pero el silencio del autobús y los pocos centímetros que los separaban de mi cabeza hacían que pudiera escuchar su conversación.

– Tienes mal aspecto, – había dicho ella, preocupada.

– Es que yo no duermo. – Había respondido él, como quien confiesa un gran secreto.

– ¿No duermes?

– Me acuesto agotado y me quedo dormido. 1 hora y media más tarde me despierto, totalmente despejado. Y así todas las noches.

– Pero eso es imposible.

– Hablo en serio. He visitado a montones de médicos. Me recetan pastillas, y con ellas duermo como mucho 2 horas, pero ni un minuto más.

– ¿Y cómo te sientes?

Se habían quedado en silencio durante unos minutos. Cuando ya pensaba que no iba a responder, se había oído su voz en un susurro.

– La vida puede ser muy larga.

Un poco más tarde, el autobús se detuvo en su primera parada. Sentí que se levantaban para bajar y yo, en un impulso, me encogí en el asiento y cerré con fuerza los ojos, haciéndome la dormida.

Por supuesto, no conseguí pegar ojo en lo que quedaba de trayecto.

Sueño

El espíritu Lazarillo

Soy una persona a la que muchos calificarían de “antiespañola”. Soy crítica hasta la médula con mi país, alérgica a los gritos, a los toros y al yo soy español español. Que mi apariencia no os engañe. Para bien o para mal, soy igual de española que cualquiera.

Imagina que vas de vacaciones a Holanda. Paseas por canales, disfrutas de ciudades con fachadas pintorescas y te fotografías rodeado de tulipanes. Hay algo que te llama poderosamente la atención, más aún que El Barrio Rojo, y es el hecho de que las bicicletas no suelen estar agarradas. Cuando, ya de vuelta, aburres a los demás con tu viaje, ésa es una anécdota que no dejas pasar: “las bicis no estaban candadas y cualquiera las podría robar“.

Inventemos otra situación. Estás en el metro de Nueva York cuando, debido a la maleta que cargas, no puedes pasar por el torno de entrada. Al lado de los tornos ves la llamada puerta de emergencia, por la que entra y sale gente con toda tranquilidad. Así que, ni corto ni perezoso, cruzas al otro lado, tan feliz de haber superado el obstáculo que hasta que no estás en el vagón no te das cuenta de que no has pagado. Pasada la estupefacción inicial, un pensamiento aparece: “Aquí podrías colarte siempre“.

Ése es el espíritu Lazarillo, la herencia ancestral de los españoles, la impronta de nuestra nacionalidad en el código genético. Nos guste o no tenemos un sensor para detectar cuándo podríamos colarnos, no pagar o, simplemente, saltarnos las normas para aprovecharnos de la situación. Y aunque no lo hagamos, aunque logremos controlar esa picaresca casi innata, la idea aparece. Incontrolable. Inevitable. Como un demonio que te golpea en la espalda con la mano abierta mientras te grita “no seas gilipollas”.

Emily

Me encuentro con ella en la cocina casi por casualidad. Es difícil verla: pasa los días encerrada en su cuarto, sentada en la cama con el ordenador sobre las rodillas. Lo sé porque la veo a través de los cristales de las puertas de su dormitorio, que apenas quedan cubiertos por unos cortinajes amarillos.

Delante del microondas, vierte en un plato el contenido de una bolsa de plástico. Los armarios de la cocina, la nevera, el frigorífico, rebosan de comida “de verdad” pero sólo la veo consumir alimentos procesados. Muchas noches, lo único que delata su presencia es el pitido del portero automático cuando le traen la cena a domicilio. No me sorprende. Me he acostumbrado ya a los americanos, a entenderlos como una caricatura del resto de ciudadanos occidentales.

Emily se muda a Nueva York, de vuelta a casa de sus padres. Terminó su postgrado hace unos meses, uno de esos títulos que no sabes a qué equivalen y con el que se lucran las universidades de aquí. Desde entonces se ha dedicado a permanecer en su habitación sin hacer en apariencia mucho más. Le pregunto qué va a hacer. Estoy echando currículums como una loca, responde. Al parecer, planea trabajar en Nueva York unos meses  y después marcharse a Nepal con una ONG. Emily está enamorada de Nepal, pasó allí un tiempo y dice que le cambió la vida. La casa está llena de mandalas, cuencos tibetanos y cuadros con la cordillera del Himalaya, algunos todavía sin desembalar. Pero antes de irse, me explica, tiene que asegurarse de que está sana. Sana y fuerte.

Miro a la chica desgarbada que abandona la cocina con un plato de arroz con setas precocinado, de vuelta a su cama.

Buena suerte.

Vivir a la velocidad de la luz

A base de estar sola en una ciudad nueva, en otro huso horario y sin nada que hacer salvo trabajar, he aprendido a ocupar el tiempo de las formas más peregrinas. Para empezar hago todo más despacio, como si me hubiesen ralentizado. Me entretengo en las tareas más absurdas, como recoger los pelos de la bañera o perseguir, una a una, a las hormigas que campan a sus anchas en el fregadero. Y, por supuesto, paso horas en internet u observando la pantalla del móvil como quien dirige la mirada hacia el infinito pues, en la mayoría de las ocasiones, soy incapaz de recordar qué estaba haciendo segundos después.

Es ésta, sin embargo, una quietud sólo aparente. Hace un rato buscaba una nueva foto para mi perfil, actividad con la que he rellenado el tiempo entre la cena y el final del ciclo de la secadora. Deslizaba el dedo por la pantalla cuando he empezado a encontrar fotografías que ni siquiera recordaba haber hecho. Allí había fotos de tulipanes, de casas al atardecer y de caminos que se perdían entre los árboles. En algún momento había fotografiado el océano y una gran cocina americana. Había autopistas, vistas panorámicas y salas de museo. Si retrocedía un poco más en el tiempo, la cosa empeoraba. Había idas y venidas, el mar y un pueblo del interior. Estaban las montañas, había carreras y un corto vídeo en el que se veía nevar tras la ventana.

Hay en mi teléfono más recuerdos de los que soy capaz de asimilar. Pensé en mis primeros paseos por Baltimore, por sus zonas residenciales cuando se empieza a poner el sol y todo – las casas, los árboles, los jardines, las ardillas y los conejos – se tiñe de una luz dorada. Me acordé del fin de semana en Newburyport, del sandwich de cangrejo en la playa y de la casa de Ramón y Lisa. Recordé, casi de repente, que hubo un día en que corrí por el mall de Washington y recorrí las salas de los Smithsonian. Pero también me vino a la mente Zaragoza, la playa de Segur, Albarracín y Jaca y todos los kilómetros recorridos.

Puede que vivir a la velocidad de la luz no sea lo más recomendable pero, con un poco de suerte, algún día seré capaz de procesarlo todo. Con suerte y la ayuda del teléfono móvil.

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