Si quiere saber algo, pregunte

Me avisa wordpress de que hace 2 años que registré este blog. En ese momento acababa de leer la tesis y luchaba a contrarreloj con la aplicación de la ANECA (los que sabéis de qué hablo entenderéis a qué me refiero. Los que no, consideraros afortunados por no saberlo). En aquellos días, mientras trataba de reunir los últimos certificados en un tiempo récord, mi cabeza estaba en un vuelo a Nueva York que salía en apenas una semana. No era una época fácil, ya que…

Un momento, un momento. ¿Qué hago contando aquí mis intimidades? Yo, que siempre trato de pasar desapercibida, ¿cómo es que casi aireo mis problemas a los cuatro vientos? He estado a punto de convertirme en la chica que hoy, a la hora de comer, le contaba a una amiga en una mesa próxima a voz en grito que un chico había intentado besarla este fin de semana. Al parecer, el chico se arrimaba a ella cantándole una canción de moda y en vez de conquistarla, lo único que había conseguido era tirarle la cerveza por los pantalones. O, peor todavía, casi soy como aquel hombre del AVE del otro día, que explicaba a su interlocutor al otro lado de la línea y, en consecuencia, a todo el vagón, que había dejado las pastillas pero que seguía sintiéndose raro, razón por la que había guardado todas sus pertenencias en una maleta y se iba dos meses a casa de sus padres. Probablemente esa intimidad que he estado a punto de mostrar es la misma que tratan de descubrir mis vecinas, tres señoras en bata de boatiné, cada una de ellas ubicada estratégicamente en un balcón del bloque de enfrente. Tres señoras a las que puedo ver lanzar miradas de desaprobación mientras fingen recolocar las cortinas o regar las macetas cuando me repantingo con un libro en la terraza.

Intentemos, por tanto, no desvelar secretos. No, al menos, de forma gratuita. Al final, si quiere saber algo, lo mejor es preguntar. No nos quedemos con la duda. Y si no, que se lo digan al hombre que me detuvo el otro día en medio del mercado para preguntarme si iba a ser capaz de comerme el chuletón que acababa de comprar. Gracias a mi respuesta clara y concisa, y a mi mirada expresiva, este hombre encantador vio resueltas todas sus dudas.

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En la foto, mis vecinas arregladas para ir a misa dando el último parte.

El secreto

La otra noche, a la hora de los postres, una amiga contó cómo había descubierto el secreto. Todas recordábamos ese momento con claridad. Algunas historias eran realmente divertidas, como aquel padre que, ante la pregunta desesperada de su hija, había respondido, “pues claro, niña” con resignación y casi con alivio, sin tratar de disimular. Otro padre, ante la misma pregunta, lo había negado todo tranquilizando a mi amiga, que no había podido evitar quedarse con la mosca detrás de la oreja. Por último, una madre más pragmática le había explicado la verdad a su hija, pero le había pedido que no dijera nada a nadie, explicándole el porqué de mantener el secreto.

Había habido traidores de todo tipo: primos, hermanos mayores, compañeros de clase. Una de nosotras había reconocido haber sido una de esas traidoras, lo que le había merecido una mirada de reproche por parte del resto.

Yo también recuerdo ese día. Una niña de otra clase se me había acercado cuando salíamos al recreo. La niña no se había andado con tonterías: “Tú sabes que los Reyes son los padres, ¿verdad?” me había espetado, y yo había respondido “pues claro” sin alterar la cara de poker que siempre me acompaña para disimular mi ignorancia.

Satisfecha con mi respuesta, se había girado y se había acercado a otra niño, dispuesta a seguir revelando el secreto, mientras yo clavaba en su espalda una mirada de odio.

Espero que haya recibido su merecido.

 

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                      En la foto, tres Reyes Magos de los de verdad.

La ilusión de los objetos comunes

Una mañana al final de las navidades, en uno de esos días en los que no eres capaz de recordar qué día de la semana es o por qué sigues de vacaciones, me encontraba fregando los platos en la cocina de mi hermana.

Lo hacía pensando en todo y en nada. En la vuelta al trabajo. En los amigos que todavía nos quedaban por ver. En las cosas que tendría que hacer en casa a mi regreso, después de más de dos semanas yendo de un sitio para otro. El agua se había calentado demasiado, y había cerrado el grifo antes de escaldarme. Había sacudido el plato que tenía entre las manos y había observado cómo caían las gotas en el fregadero. Devolví el estropajo a su lugar y, para terminar, me giré para dejarlo en el escurreplatos.

Por primera vez me di cuenta de que había visto ese escurreplatos antes. En otro lugar, yo ya había utilizado esas dos rejillas metálicas. El escurreplatos de la cocina de mi hermana era el mismo que había en mi apartamento de Nueva York: doble, con finas patas y de más de dos palmos de largo. Un objeto de Ikea.

La idea me hizo sonreír. Recordé aquellas mañanas en las que fregaba los cacharros del desayuno, con el ruido de la obra de la línea Q bajo la ventana. Protegida del calor en esa pequeña habitación de suelos inclinados y techos desconchados desde la que podía otear el Upper East con sólo asomarme a la ventana. Un momento después, la idea se volvió inquietante. Pensé en todas las veces que me había sentado en el mismo sofá en distintas casas. Que había abierto el cajón de la cómoda blanca, unas veces lleno de juguetes. Otras, de ropa interior. Cuántas veces el enorme lienzo con el rostro de Audrey me había saludado al entrar en una casa ajena, o me había topado con esa planta de plástico dentro de un cubremacetas metálico. Pensé en los cojines, las mesitas bajas, los felpudos, las tablas de cortar. En las lámparas, las sartenes, los juegos de cama y las estanterías. Recorrí mentalmente todas esas casas iguales que jugaban a componer microcosmos diferentes con los mismos objetos. O, tal vez, ni siquiera lo intentaban, contentos con formar parte del libro más vendido del mundo.

Los gatos de Murakami

Había, cuando me mudé, dos gatos que vivían en el patio de manzanas. Ambos eran blancos con manchas negras. Uno un poco más grande, más pesado. El otro, juguetón y ágil. Son madre e hijo, pensaba, cuando los veía desde la ventana de la cocina, mientras fregaba los platos en la pica. ¿Cómo habrán llegado hasta aquí? Me preguntaba cuando tendía la colada y ellos se colocaban bajo la galería, unos pisos más abajo, maullando y mirándome fijamente, tratando de camelarme para que les lanzase algo de comida.

Un buen día, hace un año, más o menos, los gatos desaparecieron. Durante semanas esperé verlos aparecer en cualquier momento, saltando de terraza en terraza. O creí verlos ocultos bajo algún saliente, protegiéndose del sol, donde podrían haberse encontrado todo el tiempo sin
que yo me hubiese dado cuenta. De vez en cuando, fantaseábamos sobre lo que podía haberles ocurrido. ¿Habrían encontrado alguna forma de escapar? ¿Se los habría llevado alguien? ¿O tal vez tenían dueño y éste se había mudado, llevándoselos con él?

Ahora suelo mirar hacia el patio, en dirección a las paredes blancas y a las ventanas con ropa tendida. Recuerdo aquellos gatos que nunca volvieron y me entretengo pensando que, si fuera Murakami, esos gatos serían suficientes para escribir una novela.

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Vivir a la velocidad de la luz

A base de estar sola en una ciudad nueva, en otro huso horario y sin nada que hacer salvo trabajar, he aprendido a ocupar el tiempo de las formas más peregrinas. Para empezar hago todo más despacio, como si me hubiesen ralentizado. Me entretengo en las tareas más absurdas, como recoger los pelos de la bañera o perseguir, una a una, a las hormigas que campan a sus anchas en el fregadero. Y, por supuesto, paso horas en internet u observando la pantalla del móvil como quien dirige la mirada hacia el infinito pues, en la mayoría de las ocasiones, soy incapaz de recordar qué estaba haciendo segundos después.

Es ésta, sin embargo, una quietud sólo aparente. Hace un rato buscaba una nueva foto para mi perfil, actividad con la que he rellenado el tiempo entre la cena y el final del ciclo de la secadora. Deslizaba el dedo por la pantalla cuando he empezado a encontrar fotografías que ni siquiera recordaba haber hecho. Allí había fotos de tulipanes, de casas al atardecer y de caminos que se perdían entre los árboles. En algún momento había fotografiado el océano y una gran cocina americana. Había autopistas, vistas panorámicas y salas de museo. Si retrocedía un poco más en el tiempo, la cosa empeoraba. Había idas y venidas, el mar y un pueblo del interior. Estaban las montañas, había carreras y un corto vídeo en el que se veía nevar tras la ventana.

Hay en mi teléfono más recuerdos de los que soy capaz de asimilar. Pensé en mis primeros paseos por Baltimore, por sus zonas residenciales cuando se empieza a poner el sol y todo – las casas, los árboles, los jardines, las ardillas y los conejos – se tiñe de una luz dorada. Me acordé del fin de semana en Newburyport, del sandwich de cangrejo en la playa y de la casa de Ramón y Lisa. Recordé, casi de repente, que hubo un día en que corrí por el mall de Washington y recorrí las salas de los Smithsonian. Pero también me vino a la mente Zaragoza, la playa de Segur, Albarracín y Jaca y todos los kilómetros recorridos.

Puede que vivir a la velocidad de la luz no sea lo más recomendable pero, con un poco de suerte, algún día seré capaz de procesarlo todo. Con suerte y la ayuda del teléfono móvil.

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El olvido

Hoy recibí un mensaje de una antigua amiga. Era una foto de su niño recién nacido, una de esas imágenes que empiezan a acumularse, en los últimos tiempos, en mi teléfono. He entrado en la vorágine de fotografías de bebés ajenos a la expectación que generan y de padres sonrientes. Será la edad.

Hacía muchos, demasiados años que no sabía de ella. Las personas a nuestro alrededor cambian: algunos llegan, otras muchas se van. Entre las que se han ido, sólo recuerdo unas pocas que tenían razones de peso para desaparecer. A algunas no quise verlas más. Otras cambiaron, o cambiamos, de modo que ya no nos sentíamos cómodas. Otros amigos tenían un carácter egoísta, cenizo, manipulador, que decidí eliminar de mi vida, muchas veces de puntillas, con la cobardía del que intenta que no le descubran en la huida.

Cuento estos casos con los dedos de una mano. La mayoría de los que una vez llamamos amigos se perdieron en el tiempo, sin saber cuándo decidimos que no merecía la pena seguir cuidando de ellos. Incapaces de recordar en qué instante creímos que no eran tan importantes y podíamos dejarlos pasar. Habiendo olvidado el momento en que se decidió todo.

Al final, sólo unos pocos permanecen. Tal vez sea mejor así.

(Hace poco escribía Javier Marías sobre este tema. Si alguien quiere leer algo con sentido, a él os remito).

El miedo

Si había muchos pacientes terminábamos la consulta cuando ya se había hecho de noche. Vivíamos a sólo una cuadra del consultorio de Santa Anita, pero si había anochecido recorría esa distancia corriendo. Me detenía ante la verja con las llaves en la mano, y miraba alrededor mientras abría y cerraba a mis espadas todo lo rápido que era capaz. Nunca pasó nada. Tal vez, por muchas veces que hubiera hecho ese camino, nunca hubiera sucedido nada. Pero el miedo estaba allí, una amenaza que no puedes ver. Una mano que te aprieta la boca del estómago.

En la cárcel de Trinidad luchaba para que el miedo no saliera al exterior. Para que mi gesto permaneciera impasible, para que no se notase que me temblaban las manos, que sólo quería salir de allí. Los minutos que el guardia tardaba en abrir la puerta parecían horas. Apoyados junto a la reja los locos, los desahuciados, te hablaban. Unos sonreían con bocas desdentadas, hombres en los que era imposible calcular la edad. Otros tenían la mirada perdida. Yo trataba de pasar desapercibida, no enfadar a ninguno. Simulaba estar cómoda mientras invocaba mentalmente al guardia, ven ya, por qué cojones tardas tanto. El miedo es la certeza de que todo puede torcerse en cualquier instante.

Baltimore no es Santa Anita, ni el Agustino, ni mucho menos las cárceles bolivianas. Aún así, en cada esquina hay un hombre que grita, tirado en el suelo como si nunca se fuese a mover. En cada manzana te cruzas con alguien que camina a duras penas, con la mirada perdida. En cada rincón de la ciudad hay una mano dispuesta a apretarte, poco a poco, la boca del estómago.