La ilusión de los objetos comunes

Una mañana al final de las navidades, en uno de esos días en los que no eres capaz de recordar qué día de la semana es o por qué sigues de vacaciones, me encontraba fregando los platos en la cocina de mi hermana.

Lo hacía pensando en todo y en nada. En la vuelta al trabajo. En los amigos que todavía nos quedaban por ver. En las cosas que tendría que hacer en casa a mi regreso, después de más de dos semanas yendo de un sitio para otro. El agua se había calentado demasiado, y había cerrado el grifo antes de escaldarme. Había sacudido el plato que tenía entre las manos y había observado cómo caían las gotas en el fregadero. Devolví el estropajo a su lugar y, para terminar, me giré para dejarlo en el escurreplatos.

Por primera vez me di cuenta de que había visto ese escurreplatos antes. En otro lugar, yo ya había utilizado esas dos rejillas metálicas. El escurreplatos de la cocina de mi hermana era el mismo que había en mi apartamento de Nueva York: doble, con finas patas y de más de dos palmos de largo. Un objeto de Ikea.

La idea me hizo sonreír. Recordé aquellas mañanas en las que fregaba los cacharros del desayuno, con el ruido de la obra de la línea Q bajo la ventana. Protegida del calor en esa pequeña habitación de suelos inclinados y techos desconchados desde la que podía otear el Upper East con sólo asomarme a la ventana. Un momento después, la idea se volvió inquietante. Pensé en todas las veces que me había sentado en el mismo sofá en distintas casas. Que había abierto el cajón de la cómoda blanca, unas veces lleno de juguetes. Otras, de ropa interior. Cuántas veces el enorme lienzo con el rostro de Audrey me había saludado al entrar en una casa ajena, o me había topado con esa planta de plástico dentro de un cubremacetas metálico. Pensé en los cojines, las mesitas bajas, los felpudos, las tablas de cortar. En las lámparas, las sartenes, los juegos de cama y las estanterías. Recorrí mentalmente todas esas casas iguales que jugaban a componer microcosmos diferentes con los mismos objetos. O, tal vez, ni siquiera lo intentaban, contentos con formar parte del libro más vendido del mundo.

Lo que ha unido

Fuimos a cenar a un restaurante japonés del Poble Sec. Después de tres días en Barcelona, y habiendo huído de todos los lugares tomados por turistas, había conseguido olvidarme de dónde me encontraba. Ahora me topaba con la decadencia del Paralelo, con sus aceras desiertas y sus teatros de carteles tililantes y me alegraba de esa soledad aparente. Del supuesto abandono de la ciudad, muy diferente a la imagen a la que nos tenía acostumbrados.

El restaurante era pequeño, y el comedor estaba en el sótano. Era una sala rectangular rodeada de tatami, donde los zapatos de los comensales se acumulaban en los estantes dispuestos para ello. Habíamos reservado apenas una hora antes, así que nuestra mesa estaba en la zona central, una mesa normal, de patas altas, con cuatro sillas y donde no era necesario quedarse descalzo.No importaba. Aquella noche de primeros de enero no me sentía con ganas de despojarme de los zapatos.

En la mesa de al lado, había una pareja joven. Una pareja moderna, él con gorra visera y ella con un tatuaje de trazo fino en la falange del dedo corazón derecho. Ya les habían servido la cena y ella comía de un bol de ramen que tenía delante. Él no comía. Miraba el teléfono y sonreía, como si estuviese leyendo algo muy divertido. Ella miraba inexpresiva hacia un lugar más lejano que su compañero, entre sorbo y sorbo de sopa.

Cuando la chica había terminado de comer, también había sacado su teléfono. Utilizaba los pulgares de ambas manos para deslizarse rápidamente por la pantalla. Él ni siquiera se había dado cuenta, y seguía sonriendo al resplandor blanco del teléfono. Los observé un par de minutos, sorprendida de que ése fuera el resultado de su cena. De que ninguno de los dos dijera nada. De que ni siquiera pareciera molestarles la situación.

Por fin ella se había dirigido a su compañero, que había dejado el teléfono sobre la mesa. Ambos habían comenzado a mirar la pantalla del móvil de la chica, comentando lo que allí veían. Así habían seguido hasta que, unos minutos más tarde, habían pagado la cuenta y se habían marchado.

Lo que ha unido el móvil, que no lo separe el teléfono.

La mujer del sótano

Las duchas de la piscina están en el sótano. Por una escalera estrecha se accede a un espacio que parece salido de una película de zombies, con bancos oxidados apoyados contra la pared, estrechas claraboyas por las que apenas se cuela algo de luz y paredes de azulejos blancos hasta el techo. Allí nos encontramos todas en el momento de la ducha, en un espacio que intentamos que sea sólo de paso.

Todavía estoy sacando las cosas de la taquilla cuando escucho su voz que, proveniente del piso de abajo, se desliza por el hueco de la escalera y resuena en el vestuario. Respiro hondo y, con decisión, cierro la taquilla y me dispongo a bajar.

– Yo tomo un jarabe que te lo quita tó. El reuma, el dolor de brazos, el dolor de espalda, tó.

-¿Y dónde se puede encontrar esa maravilla?

– Uy chica, eso no se vende. Los médicos no quieren, se les acaba el negocio. Yo si quieres te lo compro, porque tú no lo vas a encontrar.

Se sienta despatarrada en el banco del vestuario. Como una matriarca tribal en braga y sujetador. Una señora que nos va preguntando a todas cómo estamos, si hemos pasado buen fin de semana, qué tal está la familia. Así sigue todo el tiempo que dura mi ducha, sin cejar en su empeño de entablar conversación, aunque lo máximo que obtiene es alguna respuesta automática y educada.

La mujer del sótano tiene la piel arrugada y tostada por el sol. Con decisión se erige en la protectora de todas, sabiendo que nadie le disputará el cargo. Así nos repite, un día sí y otro también, que si se nos olvida algo ella se lo llevará a casa, lo lavará y nos lo traerá limpio y planchado.

– Qué maja es usted, – le responde una bañista anónima sin mucho convencimiento.

– Nada mujer, si no me cuesta nada. Lo meto con mis bragas en la lavadora y ya está.

Habla hasta que no tiene nada más que decir, y después se levanta con dificultad. Nos explica que se tiene que dar prisa, que su hijo va a venir a buscarla. Lo dice con tono despectivo. Hombres, quién los necesita, parece decir el gesto de su cabeza, que hace temblar su melena rubia.

Y así se marcha, enfundada en un chándal rosa cual mujer cualquiera. La matriarca de las profundidades reconvertida en señora de andar por casa.

Los gatos de Murakami

Había, cuando me mudé, dos gatos que vivían en el patio de manzanas. Ambos eran blancos con manchas negras. Uno un poco más grande, más pesado. El otro, juguetón y ágil. Son madre e hijo, pensaba, cuando los veía desde la ventana de la cocina, mientras fregaba los platos en la pica. ¿Cómo habrán llegado hasta aquí? Me preguntaba cuando tendía la colada y ellos se colocaban bajo la galería, unos pisos más abajo, maullando y mirándome fijamente, tratando de camelarme para que les lanzase algo de comida.

Un buen día, hace un año, más o menos, los gatos desaparecieron. Durante semanas esperé verlos aparecer en cualquier momento, saltando de terraza en terraza. O creí verlos ocultos bajo algún saliente, protegiéndose del sol, donde podrían haberse encontrado todo el tiempo sin
que yo me hubiese dado cuenta. De vez en cuando, fantaseábamos sobre lo que podía haberles ocurrido. ¿Habrían encontrado alguna forma de escapar? ¿Se los habría llevado alguien? ¿O tal vez tenían dueño y éste se había mudado, llevándoselos con él?

Ahora suelo mirar hacia el patio, en dirección a las paredes blancas y a las ventanas con ropa tendida. Recuerdo aquellos gatos que nunca volvieron y me entretengo pensando que, si fuera Murakami, esos gatos serían suficientes para escribir una novela.

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El hombre que no podía dormir

Cuando tenía unos 10 años, encontré en la biblioteca un libro de relatos de misterio. Recuerdo con claridad el primero de ellos. En él, dos hombres se encontraban en un vagón de tren. Uno de ellos tenía mal aspecto: parecía desesperado, un hombre perdido, sin esperanzas. Ante el escepticismo de su compañero, le había explicado que era un actor de éxito, pero que no siempre había sido así. En el pasado, no había sido capaz de memorizar ni una línea, razón por la que  no conseguía ningún papel. Un día, un comerciante le había ofrecido una memoria prodigiosa a cambio de que le vendiese su sueño. Al hombre le había parecido un gran trato y había aceptado, cumpliéndose lo prometido. Desde aquel momento, cuando empezaba a quedarse dormido sentía una fuerza que le sacudía, impidiéndole dormir. Ahora vagaba de un lado a otro, cada vez más agotado, tratando de encontrar a aquel hombre para poder recuperar lo que era suyo.

No había vuelto a pensar en este relato hasta hace poco. Viajaba en autobús, ya era de noche y trataba de dormir un rato, cuando un hombre y una mujer sentados en el asiento de atrás empezaron a hablar. Conversaban en voz muy baja, casi entre susurros, pero el silencio del autobús y los pocos centímetros que los separaban de mi cabeza hacían que pudiera escuchar su conversación.

– Tienes mal aspecto, – había dicho ella, preocupada.

– Es que yo no duermo. – Había respondido él, como quien confiesa un gran secreto.

– ¿No duermes?

– Me acuesto agotado y me quedo dormido. 1 hora y media más tarde me despierto, totalmente despejado. Y así todas las noches.

– Pero eso es imposible.

– Hablo en serio. He visitado a montones de médicos. Me recetan pastillas, y con ellas duermo como mucho 2 horas, pero ni un minuto más.

– ¿Y cómo te sientes?

Se habían quedado en silencio durante unos minutos. Cuando ya pensaba que no iba a responder, se había oído su voz en un susurro.

– La vida puede ser muy larga.

Un poco más tarde, el autobús se detuvo en su primera parada. Sentí que se levantaban para bajar y yo, en un impulso, me encogí en el asiento y cerré con fuerza los ojos, haciéndome la dormida.

Por supuesto, no conseguí pegar ojo en lo que quedaba de trayecto.

Sueño