Lo que ha unido

Fuimos a cenar a un restaurante japonés del Poble Sec. Después de tres días en Barcelona, y habiendo huído de todos los lugares tomados por turistas, había conseguido olvidarme de dónde me encontraba. Ahora me topaba con la decadencia del Paralelo, con sus aceras desiertas y sus teatros de carteles tililantes y me alegraba de esa soledad aparente. Del supuesto abandono de la ciudad, muy diferente a la imagen a la que nos tenía acostumbrados.

El restaurante era pequeño, y el comedor estaba en el sótano. Era una sala rectangular rodeada de tatami, donde los zapatos de los comensales se acumulaban en los estantes dispuestos para ello. Habíamos reservado apenas una hora antes, así que nuestra mesa estaba en la zona central, una mesa normal, de patas altas, con cuatro sillas y donde no era necesario quedarse descalzo.No importaba. Aquella noche de primeros de enero no me sentía con ganas de despojarme de los zapatos.

En la mesa de al lado, había una pareja joven. Una pareja moderna, él con gorra visera y ella con un tatuaje de trazo fino en la falange del dedo corazón derecho. Ya les habían servido la cena y ella comía de un bol de ramen que tenía delante. Él no comía. Miraba el teléfono y sonreía, como si estuviese leyendo algo muy divertido. Ella miraba inexpresiva hacia un lugar más lejano que su compañero, entre sorbo y sorbo de sopa.

Cuando la chica había terminado de comer, también había sacado su teléfono. Utilizaba los pulgares de ambas manos para deslizarse rápidamente por la pantalla. Él ni siquiera se había dado cuenta, y seguía sonriendo al resplandor blanco del teléfono. Los observé un par de minutos, sorprendida de que ése fuera el resultado de su cena. De que ninguno de los dos dijera nada. De que ni siquiera pareciera molestarles la situación.

Por fin ella se había dirigido a su compañero, que había dejado el teléfono sobre la mesa. Ambos habían comenzado a mirar la pantalla del móvil de la chica, comentando lo que allí veían. Así habían seguido hasta que, unos minutos más tarde, habían pagado la cuenta y se habían marchado.

Lo que ha unido el móvil, que no lo separe el teléfono.

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El hombre que no podía dormir

Cuando tenía unos 10 años, encontré en la biblioteca un libro de relatos de misterio. Recuerdo con claridad el primero de ellos. En él, dos hombres se encontraban en un vagón de tren. Uno de ellos tenía mal aspecto: parecía desesperado, un hombre perdido, sin esperanzas. Ante el escepticismo de su compañero, le había explicado que era un actor de éxito, pero que no siempre había sido así. En el pasado, no había sido capaz de memorizar ni una línea, razón por la que  no conseguía ningún papel. Un día, un comerciante le había ofrecido una memoria prodigiosa a cambio de que le vendiese su sueño. Al hombre le había parecido un gran trato y había aceptado, cumpliéndose lo prometido. Desde aquel momento, cuando empezaba a quedarse dormido sentía una fuerza que le sacudía, impidiéndole dormir. Ahora vagaba de un lado a otro, cada vez más agotado, tratando de encontrar a aquel hombre para poder recuperar lo que era suyo.

No había vuelto a pensar en este relato hasta hace poco. Viajaba en autobús, ya era de noche y trataba de dormir un rato, cuando un hombre y una mujer sentados en el asiento de atrás empezaron a hablar. Conversaban en voz muy baja, casi entre susurros, pero el silencio del autobús y los pocos centímetros que los separaban de mi cabeza hacían que pudiera escuchar su conversación.

– Tienes mal aspecto, – había dicho ella, preocupada.

– Es que yo no duermo. – Había respondido él, como quien confiesa un gran secreto.

– ¿No duermes?

– Me acuesto agotado y me quedo dormido. 1 hora y media más tarde me despierto, totalmente despejado. Y así todas las noches.

– Pero eso es imposible.

– Hablo en serio. He visitado a montones de médicos. Me recetan pastillas, y con ellas duermo como mucho 2 horas, pero ni un minuto más.

– ¿Y cómo te sientes?

Se habían quedado en silencio durante unos minutos. Cuando ya pensaba que no iba a responder, se había oído su voz en un susurro.

– La vida puede ser muy larga.

Un poco más tarde, el autobús se detuvo en su primera parada. Sentí que se levantaban para bajar y yo, en un impulso, me encogí en el asiento y cerré con fuerza los ojos, haciéndome la dormida.

Por supuesto, no conseguí pegar ojo en lo que quedaba de trayecto.

Sueño

Vivir a la velocidad de la luz

A base de estar sola en una ciudad nueva, en otro huso horario y sin nada que hacer salvo trabajar, he aprendido a ocupar el tiempo de las formas más peregrinas. Para empezar hago todo más despacio, como si me hubiesen ralentizado. Me entretengo en las tareas más absurdas, como recoger los pelos de la bañera o perseguir, una a una, a las hormigas que campan a sus anchas en el fregadero. Y, por supuesto, paso horas en internet u observando la pantalla del móvil como quien dirige la mirada hacia el infinito pues, en la mayoría de las ocasiones, soy incapaz de recordar qué estaba haciendo segundos después.

Es ésta, sin embargo, una quietud sólo aparente. Hace un rato buscaba una nueva foto para mi perfil, actividad con la que he rellenado el tiempo entre la cena y el final del ciclo de la secadora. Deslizaba el dedo por la pantalla cuando he empezado a encontrar fotografías que ni siquiera recordaba haber hecho. Allí había fotos de tulipanes, de casas al atardecer y de caminos que se perdían entre los árboles. En algún momento había fotografiado el océano y una gran cocina americana. Había autopistas, vistas panorámicas y salas de museo. Si retrocedía un poco más en el tiempo, la cosa empeoraba. Había idas y venidas, el mar y un pueblo del interior. Estaban las montañas, había carreras y un corto vídeo en el que se veía nevar tras la ventana.

Hay en mi teléfono más recuerdos de los que soy capaz de asimilar. Pensé en mis primeros paseos por Baltimore, por sus zonas residenciales cuando se empieza a poner el sol y todo – las casas, los árboles, los jardines, las ardillas y los conejos – se tiñe de una luz dorada. Me acordé del fin de semana en Newburyport, del sandwich de cangrejo en la playa y de la casa de Ramón y Lisa. Recordé, casi de repente, que hubo un día en que corrí por el mall de Washington y recorrí las salas de los Smithsonian. Pero también me vino a la mente Zaragoza, la playa de Segur, Albarracín y Jaca y todos los kilómetros recorridos.

Puede que vivir a la velocidad de la luz no sea lo más recomendable pero, con un poco de suerte, algún día seré capaz de procesarlo todo. Con suerte y la ayuda del teléfono móvil.

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El miedo

Si había muchos pacientes terminábamos la consulta cuando ya se había hecho de noche. Vivíamos a sólo una cuadra del consultorio de Santa Anita, pero si había anochecido recorría esa distancia corriendo. Me detenía ante la verja con las llaves en la mano, y miraba alrededor mientras abría y cerraba a mis espadas todo lo rápido que era capaz. Nunca pasó nada. Tal vez, por muchas veces que hubiera hecho ese camino, nunca hubiera sucedido nada. Pero el miedo estaba allí, una amenaza que no puedes ver. Una mano que te aprieta la boca del estómago.

En la cárcel de Trinidad luchaba para que el miedo no saliera al exterior. Para que mi gesto permaneciera impasible, para que no se notase que me temblaban las manos, que sólo quería salir de allí. Los minutos que el guardia tardaba en abrir la puerta parecían horas. Apoyados junto a la reja los locos, los desahuciados, te hablaban. Unos sonreían con bocas desdentadas, hombres en los que era imposible calcular la edad. Otros tenían la mirada perdida. Yo trataba de pasar desapercibida, no enfadar a ninguno. Simulaba estar cómoda mientras invocaba mentalmente al guardia, ven ya, por qué cojones tardas tanto. El miedo es la certeza de que todo puede torcerse en cualquier instante.

Baltimore no es Santa Anita, ni el Agustino, ni mucho menos las cárceles bolivianas. Aún así, en cada esquina hay un hombre que grita, tirado en el suelo como si nunca se fuese a mover. En cada manzana te cruzas con alguien que camina a duras penas, con la mirada perdida. En cada rincón de la ciudad hay una mano dispuesta a apretarte, poco a poco, la boca del estómago.

Un viejo conocido

Desde el lunes había estado mirando la previsión para el fin de semana. Anunciaban lluvias pero yo actualizaba la aplicación como si en cualquier momento fuera a aparecer en la pantalla un enorme sol amarillo. No fue así. El sábado había llovido sin parar y cuando desperté el domingo, me encontré con que el panorama seguía siendo el mismo.

Cuando falla la excursión por el monte, el picnic en la playa, o el paseo por los muelles, queda la visita al museo. Había elegido el Museo de Arte de la Hopkins por una razón tan peregrina como que su cafetería era uno de los sitios recomendados para hacer el brunch. Sí, el brunch, esa comida temprana a base de huevos benedict, rancheros o cualquier otra modalidad de huevos, acompañados de una mimosa o cóctel similar. Nada que no cambiaría gustosa por unos boquerones, unas patatas bravas y un vermut. Sí, estoy en una fase de exaltación de la comida española y la americana no lo pone muy difícil.

Llegamos al museo quince minutos antes de la hora de la comida: demasiado pronto para esperar a que nos sentaran y demasiado tarde para empezar la visita. Localizamos el restaurante, atestado de mesas de blancos, mesas de negros y un par de excepcionales mesas interraciales, y descubrimos que  estaba situado junto a un pequeño jardín de esculturas. Aprovechando que la lluvia había dado una tregua, decidimos ocupar esos minutos con su visita.

Salimos y allí estaba. Nunca hubiera imaginado que encontraría a un viejo conocido en un museo en Baltimore. El Profeta estaba en un esquina del jardín, al amparo del muro. Parecía levantar la mano para saludarme en un gesto muy de la tierra. Qué haces por aquí, intentaba decirme, y yo estaba igual de sorprendida que él. Cómo has llegado hasta aquí, qué alegría haberte encontrado.

No pedí huevos benedict. Pero la mimosa… Ay, la mimosa no me la quita nadie.

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Recordar en cuatro pasos

Encontramos un pequeño restaurante en Lisboa, cerca del Elevador de Santa Justa. El local era destartalado y parecía una trampa para turistas, pero yo me moría de ganas de comer un arroz caldoso, así que decidimos entrar. Un anciano sirvió el vino y su mujer dejó sobre la mesa una cazuela rebosante. Volvería una y mil veces a las decadentes, a las hermosas calles de Lisboa, para comer ese arroz.

Buscábamos un restaurante en French Concession, Shanghai, cuando empezó a llover. Aligeramos el paso y llegamos hasta un callejón estrecho. Para entonces la lluvia se había convertido en diluvio, el lugar era sórdido y no había nadie, y aunque pensé en marcharme la lluvia me disuadió. Empujamos una puerta oscura y nos encontramos en el centro de un local diminuto y acogedor. La sopa de anguila era la especialidad de la casa, y recuerdo haberla saboreado mientras la lluvia resonaba en el callejón.

César nos llevó a un restaurante con aspecto de local de playa, pero desde el que todavía no se veía el océano. El local estaba vacío y tenía manteles de papel, pero nos aseguró que estábamos a punto de probar el mejor ceviche de Lima. No sé si lo era, porque para mí fue el primero, pero desde entonces lo busco con pasión. Otra noche fuimos a un garaje oscuro, donde una señora surcada de arrugas preparaba anticucho y choncholi en un pequeño fuego. Lili reía al vernos comer, como si nos estuviera gastando una broma, pero yo estaba disfrutando tanto que me parecía que la que se estaba burlando de ella, era yo.

Soplaba el viento aquella noche, y las olas golpeaban con fuerza en las ventanas del pintoresco restaurante de Mikonos. De cena pedimos lo de siempre: musaka, queso frito y yogurt, sobre todo mucho yogurt. En pocos sitios he creído tan fervientemente en la belleza de la vida como en Grecia.

Ahora estoy en un autocar, rumbo a Nueva York. En pocos minutos empezaré a ver las luces de Manhattan y ya no podré separar la vista de la ventanilla. En Nueva York me esperan con un banana pudding del Magnolia en la nevera, uno de los mejores regalos que le puedes hacer a un goloso. No todas las cosas que merecen la pena están lejos.

 

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Magnolia

Lo políticamente incorrecto

Si miro a mi alrededor, sólo se me ocurre escribir sobre gordos y negros.

Cuando comienzo a teclear este post estoy sentada en el hall del edificio. Son las 11 de la mañana y el guardia de seguridad – negro – está sentado en la mesa de al lado engullendo el contenido de una bolsa de papel del Burger King. Baltimore está lleno de negros. Es un comentario puramente descriptivo. Más de la mitad de la población de Baltimore es negra y para todo aquel que, como yo, no esté acostumbrado, resulta llamativo. Sin embargo, ésta no es una ciudad multirracial, multicultural, étnica o cualquier otro nombre bonito que podamos aplicarle. Ésta es una ciudad de guetos: los negros viven en unas zonas y los blancos, en otras. Los barrios de los negros empiezan de improviso, como si alguien hubiera trazado una frontera invisible que parte en dos una avenida, o una determinada manzana. Jim me explica por la noche que la división de la ciudad comenzó en los años 40 y fue provocada por los bancos y la especulación urbanística. Para corroborarlo, Troy me enseña una noticia de esa época: “¿Tendrías miedo si un negro se mudase junto a tu puerta?”. Resulta terrorífico.

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pg. 9, detail; Chicago Daily News, July 10, 1962, newspaper fragment

 

Así que caminas por un puñado de calles, rodeado de blancos de buen nivel económico y donde los únicos negros son conductores, personal de limpieza, cajeras o celadores. O agentes de seguridad, que recorren sin descanso el perímetro del barrio blanco y vigilan desde el interior de garitas instaladas en los puntos próximos a la frontera, para evitar que nada resquebraje la ciudad de cristal.

Pero no ha sido el negro de la mesa de al lado, ni el olor de su comida, lo que me ha hecho levantar la cabeza del ordenador. De repente he escuchado resollar a alguien, ahogándose, y me he topado con una chica que se ha dejado caer en una silla próxima. Es descomunal, inmensa. Aquí los gordos son de otro nivel, no pueden respirar, les cuesta moverse. Personas que, como esta chica, se han quedado encerradas dentro de un cuerpo que no es el suyo. Atrapadas bajo de  una piel que alguien ha inflado sin medida, estirándola hasta que no da más de sí. Siento lástima cuando los veo avanzar renqueantes sobre unas piernas que se han vuelto demasiado débiles y que apenas les sostienen. Cuando cualquier movimiento les cuesta un esfuerzo sobrehumano. La veo levantarse de nuevo y avanzar con dificultad hasta la puerta, la cara roja por el esfuerzo. Sale a esa misma calle donde, junto a la puerta de la primera escuela de Salud Pública del mundo, hay un Burger King.