Shrine

Empezó a llover el domingo, después de comer, y no ha parado desde entonces. La lluvia humaniza la ciudad, hace a Nueva York un poco más vulgar, menos extraordinaria. También aquí se forman atascos: los coches pitan más de la cuenta y los taxis escasean. Las calles dejan de estar llenas, igual que en cualquier otro lugar, y los escasos transeúntes que se animan a salir de casa corren de un lado para otro, protegidos por enormes paraguas. El vaho que sube del río hace que las avenidas se acorten ante nuestros ojos y los rascacielos parecen más pequeños recortados sobre el cielo gris.

Decidimos ir a Harlem la peor noche de todas, en el momento en que la lluvia había arreciado y hacía más frío. Cuando estamos a punto de salir llega un aviso al móvil que alerta del riesgo de inundaciones. He aprendido a reírme del miedo desbocado de los americanos a todo lo que es un riesgo potencial: los secadores de pelo, la basura en el metro y, ahora, la lluvia. Le damos tan poca importancia que borramos el mensaje nada más verlo, y cuando nos adentramos en Harlem, montados en un autobús casi vacío, empiezo a pensar que tal vez hubiese sido mejor quedarse en casa.

Shrine es pequeño y oscuro, pero acogedor. En las pocas mesas que están ocupadas esa noche se sientan los músicos que han terminado de tocar o los que esperan su turno. En el escenario suena una banda folk cuyo cantante, al terminar, insiste en darnos unos tickets para bebidas gratis que él no va a utilizar. En la información del grupo leo que tiene 18 años.

La música siguió sonando hasta que, a mitad de la actuación de un grupo de blues, le susurro algo: “Qué curioso. Estamos en Harlem y todos somos blancos”.

Shrine

Un mirlo en NYC

Hay un pájaro en mi ventana. No uno cualquiera, sino el mismo pájaro que aparece, día tras día, en el momento menos pensado.

La mayor parte de las veces lo escucho cantar, y entonces corro hasta la ventana para verlo – en sentido metafórico, porque mi piso diminuto no me permite correr, como mucho dar dos o tres pasos un poco más rápido de lo normal. En otras ocasiones, como cuando he ido a hacer la fotografía que acompaña este post, está allí, encaramado a la barandilla de las escaleras de incendio, sin hacer ruido. Tendréis que creerme, porque nunca he conseguido hacerle una foto. Puedo sentarme todo el tiempo que quiera, mirándolo pavonearse de un lado a otro de la barandilla sin que parezca asustarse, pero en cuanto saco el móvil, echa a volar lejos de mi ventana.

Upper East Side
Upper East Side

Como no se nada de pájaros, me he enterado gracias a internet de que mi visitante es un mirlo. No se por qué razón, no esperaba encontrar mirlos en NYC, como si aquí, entre los coches, el asfalto y la gente, no hubiese espacio para otro animal distinto a los perros de los neoyorquinos. Revisando el diccionario, veo que mirlo en inglés se dice “blackbird”. ¿Pero será realmente un mirlo, o se tratará de otro pájaro? Busco en internet mirlos en NYC y Google me devuelve un montón de links de este tipo. No me sorprende: desde hace algo más de una semana soy consciente de que el paraíso de la hostelería no es España, sino Manhattan. En mis paseos encuentro decenas, cientos de bares y restaurantes consecutivos y, creedme, todos están llenos. A todas horas. Pero ése es otro tema. No me doy por vencida y decido buscar imágenes de blackbirds en Nueva York, a ver si tengo más suerte, y la web me devuelve esto. Qué raro, un avión de combate. Después del Memorial Day de ayer, de la exaltación nacional de su ejército y de los caídos en combate, pensé que no habría un post más alejado de la realidad bélica de este país que hablar sobre pájaros.

Parece que me equivocaba.

Pero de la guerra, mejor hablar otro día.

Escaleras

Llegué a Nueva York ayer. Con más retrasos, frío y ruido del esperado. No importa, hay tiempo de sobra.

Mi barrio está lleno de escaleras. Hay escaleras empinadas que nadie ha limpiado desde hace años y que conducen a azoteas cerradas. Escaleras que llevan hacia abajo, a sótanos de locales que parecen clandestinos. Escaleras de metal, de mármol, de madera con peldaños de linóleo y pasamanos casi ancestrales.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Las fachadas están surcadas de escaleras y creo que acabaré partiéndome el cuello de tanto mirar hacia arriba. Los edificios de mi calle recuerdan a Pretty Woman, con Richard Gere subiendo por su fachada, intrépido. Se que desde alguna de esas escaleras estará cantando Audrey, aunque no pueda escucharla a causa de las obras de la estación de metro o de las bocinas de los camiones.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Mi casa no es una excepción. Cada pocos minutos me asomo, medio cuerpo fuera, y miro hacia abajo y en dirección a los edificios vecinos. Las escaleras de metal no son aptas para gente con vértigo y entre sus hierros parece que puedes escurrirte hasta la acera. Están surcadas de cables y llenas de óxido, pero pese a todo sirven de balcones improvisados, de puntos de encuentro y de lugares donde plantar algo.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Tengo que reconocer que todavía no me atrevo a ponerme a cantar. De momento me conformo con asomarme y ver la ciudad desde arriba. Una perspectiva totalmente inesperada.

Upper East Side NYC
Upper East Side NYC

Como decíamos ayer

Hace unos cuantos años – 9, 10, ahora mismo no lo recuerdo con exactitud, – comencé a escribir sobre todo lo que se me ocurría en un blog. El título del blog era El Intercambio Equivalente, y tomaba su nombre de la serie manga Full Metal Alchemist. Sí, era una chica muy friki. Podía pasarme toda la noche jugando a juegos de mesa, conocía los nombres de las tribus de indios americanos e iba a ciclos de cine coreano. Nada demasiado estrambótico. Ahora, muchos años después, mi frikismo se ha suavizado, o socializado, según se mire, pero perdura en algunos pequeños detalles que no tengo intención de eliminar, como son mi costumbre de utilizar palabras que la gente parece no haber escuchado jamás, disfrutar con el humor absurdo, y leer libros cuyos autores murieron hace más de 100 años, superando ampliamente la recomendación de aquel personaje de Murakami.

Dicho esto, desconozco por qué he decidido abrir un nuevo blog y, lo que es todavía más llamativo, lanzarme a escribir en él. O, siendo  más precisos, tengo una ligera idea, pero no me apetece ahondar en ella temiendo descubrir que sea demasiado absurda, rompiendo la magia. Para colmo, en vez de demostrar que los años no han pasado en balde, he optado por escoger un título, El Intercambio, que es una clara continuación de aquel blog de fondo negro que tenía una cabecera de Final Fantasy y en el que, y tal vez todo se resuma a eso, tan buenos ratos pasé.

Veremos a dónde me lleva todo esto.